martes 6 de octubre de 2009

Sábado, sabadete.


Durante sus primeros meses amarrando, ir a trabajar un sábado era una opción que podía elegir el amarrador. Por supuesto, no era opcional para los estribadores, ya que alguien tenía que surtir de hierro a los amarradores del sábado y adelantar el material para que pudieran trabajar al lunes siguiente. La diferencia entre uno y otro trabajo era importante: como amarrador, podían tenerse libres los sábados.
Pero ella no los tuvo. Eligió trabajar, porque negarse a 240 euros extras mensuales, en dinero negro, era una absoluta estupidez. Al principio, por su precaria economía. Después de vivir con Cristo, por el aumento en el consumo de chucherías estupefacientes varias. Los sábados de ambos cubrían los gastos al respecto.

Aún cuando ahora pertenecía al gremio de los amarradores -para algunos, los ferrallas auténticos- mantuvo el contacto con los estribadores, Acos, Pablo y Roberto.

Sentía un gran afecto por Acos y sus excentricidades. Disfrutaba de su compañía siempre que podía -aunque sólo fuera el tiempo justo que tardaba en recoger un atado de estribos de su zona y llevarlo a la zona de amarradores-. Su conversación invitaba tanto a la risa como a la reflexión. Su picardía era tal que podría resumirse con el dicho "no moja pero empapa". Aunque sus dificultades en el habla y su miedo, eran razones suficientes para enmudecerlo y paralizarlo, en ocasiones; saberse en confianza lo animaba a dar rienda suelta a sus reflexiones, que no eran pocas: permanecer callado favorece el acto del pensamiento, aún cuando éste se desarrolle en un ámbito reducido. Acos no era amigo de las ideas complejas. La simplicidad era una de sus mejores cualidades. Su capacidad para reducir las ideas a formulaciones sencillas y lógicas, era aplastante. Por suerte o por desgracia, para él, eran muchos los que creían que su pensamiento rodaba a la misma velocidad que su lengua. Ella, en cambio, pudo comprobar, conversando con él, cuán equivocados estaban los que así pensaban.

Pablo -El Pableras o Pableras a secas, tras ser rebautizado por Cristo- era sinónimo de charla con sustancia. Desde que tuvo la oportunidad de trabajar junto a él en las estribadoras hasta años después de su trabajo en la empresa, gustó de analizar los pormenores de aquel y otros zoológicos humanos, con Pablo. No en vano, aquellas fieras eran, en su conjunto, excelente material para un nuevo museo de los horrores. Un número reducido de ellas, en el circo romano, ocuparían los palcos de honor en las gradas, cual pilatos y nerones, lavándose las manos, las más de las veces, y actuando como implacables perseguidores de cristianos. A la cabeza de tales gestas, el rey león, loba romana, yahveh de aquellos que, de cualquier manera, morían siempre en la arena, a manos de sus iguales o devorados por las fieras.
Pablo tenía el rasgo diferenciador de la ternura, en dosis equilibradas; la comprensión, en cantidades justas; el respeto, sólo si lograba ganarse. Y por encima de todo, la extraña capacidad, por aquellos lares, del autocontrol. Cualidad ésta que, aderezada con palabras, lograba contagiar a aquellos que tuvieran la paciencia para escucharlo lo necesario.

Roberto, en cambio, era caso a estudio, por perdido. Ella no podía negar que sentía placer al descubrirse en mejores condiciones que aquel que una vez -o demasiadas- se riera de su incapacidad momentánea, con su perfecta sonrisa, conseguida gracias a su mujer dentista, y que perdería poco a poco por culpa de la coca cola (riesgos de la libertad). Roberto era el ejemplo más claro de gusano que había conocido -en el más estricto sentido cubano-. De todos los que trabajaban allí, sólo Furo lo soportaba. Una caja de habanos de primera, anual, era suficiente razón. Si la solidaridad entre los trabajadores era una práctica esporádica, en el caso de Roberto era una intención extirpada de su modus operandi.

Aquel sábado, la producción necesitaba de todas las manos posibles. Nada más terminar de hacer estribos, los tres, tenazas en mano, se encaminaron a la zona de amarrado. Ella llevaba el tiempo suficiente amarrando como para que las tenazas no se le cayeran al suelo. Ya había aprendido lo esencial: a trabajar con los guantes puestos en todo momento y a no soltar las tenazas y el alambre, hasta que no fuera absolutamente necesario. Eso sólo ocurría cuando había que cargar una armadura cuyo peso obligase al uso de ambos brazos.
Disfrutó con sólo limitarse a escuchar las docenas de burlas a las que fueron sometidos por el resto. En todas las dirigidas a Pablo y Acos podía notarse el cariño que subyacía. En el caso de las dirigidas a Roberto, el tono no dejaba dudas al respecto de su autenticidad.
Le sorprendió lo rápido que su comportamiento y su estado de ánimo, se asemejaban a la tónica general. Los obreros no necesitaron mucho tiempo para tratarla como a uno más porque ella había necesitado aún menos para comportarse como si lo fuera. Aquella forma de actuar no podía fingirse. Tenía que sentirse. Y ella se sintió parte de aquel zoológico desde el primer mes de trabajo.

El sábado se saldó con una nueva victoria personal: por primera vez, había dejado de ser el centro de atención. Hubieron de pasar ocho meses para que sus compañeros compartieran la broma con ella. Pero aquello fue suficiente como para establecer el punto sin retorno: todos los ferrallas que allí estaban la tratarían, desde entonces, como a una ferralla. Y a ella, a partir de aquel sábado por la mañana, los porros ya no le sabrían igual.

jueves 24 de septiembre de 2009

Iván.



Iván era el hijo de Furo. Mirarlo era como mirar a Daniel el Travieso. Tal era su cara y tales eran sus gestos. Era corto de estatura, para sus 19 años. Cristo lo hacía rabiar diciendo que su mala leche estaba condensada porque todavía no había dado el estirón del verano.

- ¡Cállate gordo! -replicaba Iván, intentando disimular su tristeza, sobre todo, cuando Cristo remataba la faena con un: ya, pero esto sí tiene remedio-.

Cristo lo había rebautizado como Nano, que no era otra cosa que llamarlo enano, sin utilizar la e. Según su visión, era tan pequeño que la palabra enano le quedaba grande.

Para Iván, la ferralla era su patio de juegos. Si trabajaba era sólo por una cuestión de aburrimiento. Tenía que estar allí 9 horas diarias y trabajar era, para él, una forma efectiva de sobrellevarlas. Era veloz y ágil, amarrando. Además, su delgadez extrema le facilitaba el acceso a cualquier punto de la estructura armada. Eso, y salir a montar en obra, si así lo quería.

Este punto era, en realidad, lo que más molestaba a Cristo. Su exceso de peso lo tenía confinado al taller. Era peligroso para él montar en obra, a no ser que la misma estuviera a ras del suelo. Aún así, conocer el funcionamiento de las máquinas era otra razón para no permitirle salir del taller.

Iván era un bebedor compulsivo de refrescos y despreciaba la mayor parte de la comida. En especial, el desayuno que su madre le preparaba.

- Puta mierda me hizo ésta hoy -decía casi cada mañana, mientras tiraba el desayuno a la basura-.

Entre sus cualidades, estaba el ser capaz de hacer un porro, empezando de cero -manos vacías- en menos de 45 segundos.
Ella hubo de cronometrarlo un día porque Cristo había apostado con él que tardaría, al menos, 1 minuto.

Iván tenía una moto de licencia marca Beta, totalmente retocada, con la que pronto perdería la cuenta de accidentes, multas y persecuciones por parte de la policía. Sólo cuando estuvo a punto de perder la vida, años después, se dedicó a actuar de la misma manera con el Lexus heredado de su padre.

Ella lo había conocido la misma tarde que conoció a Cristo, en casa de Gerardo. Llegó a creer que no conocería a nadie capaz de fumar más cantidad de hachís en un solo porro. El futuro derrocaría esa creencia.

Aprendió un gran número de cosas, gracias a Iván. Un porcentaje elevado de ellas estaba en el apartado de lo que no querría hacer o en lo que no quería convertirse. No por ello dejaba de impresionarle su comportamiento peculiar. Sentía atracción por ese halo de locura con el que parecía envolver todo lo que le concernía. Especialmente, porque ella sabía que Iván no estaba loco.

Una de las cosas más importantes que aprendió de él, formaría parte de su comportamiento ferralla, hasta la última hora del último día que trabajó en el mundo de la construcción.

Desde el primer día, ella luchaba contra el hierro, como queriendo descargar en él una porción de rabia, frustración o impotencia. Los primeros seis meses se trataba de una guerra contra las bobinas de 2000 kilos que, en los devanadores de las estribadoras, a ritmo de golpe de boulon, medido al milímetro, se transformaban, hora tras hora, en estribos. Desenredar estos últimos y amarrarlos con latiguillos -varas de hierro de cinco que anudaba sobre sí mismas-, era parte activa de esa guerra. Cuando la contienda se trasladó a campo abierto, en la zona de amarradores, bajo el sol de la isla, tan adorado por turistas y odiado por aquellos que desempeñaban trabajos físicos; el arma que el hierro esgrimió en su contra, tomó la forma de atados, de aproximadamente 2500 kilos de peso, de redondos de 12 metros de longitud. Separar un puñado de ellos, especialmente de aquellos de diámetro inferior a 12 milímetros, le hacía pensar que el atado cobraba vida y su leitmotiv no era otro que enredarse sobre sí mismo, en forma de irreductibles espirales.

En su lucha, acabó agotada, vencida y enfadada, cada una de las veces. Hasta la mañana en la que Iván se acuclilló junto a ella y llamó su atención tomándola del antebrazo derecho. Con inusitada serenidad en el gesto, le dijo:

- El hierro no siente, no sabe y no piensa. Mal tema tenerlo como enemigo, ¿no?

Entonces deslizó los dedos sobre el atado y, los que estaban sueltos, fueron cayendo sobre la puntera de acero de su bota. Cuando no cayó ningún otro hierro, preguntó:

- ¿Cuántos?
- Doce.

Se levantó y se dirigió a un extremo del atado. Ella lo siguió. Una vez en cuclillas junto a él, Iván prosiguió:

- Busca una punta, síguela por todo el atado. Si llega hasta la mitad, la pillas. -Acompañaba sus palabras con un gesto que la invitaba a probar. Así lo hizo-. Ahora, levántala y ponte de pie. Sin pillarte los dedos, golpea el hierro contra el atado. Un golpe seco y ya.

La onda expansiva de la energía producida por el golpe, hizo que la barra, formando ondas, saliera del atado por completo.

- Ahora lo mismo, pero, cuando el hierro esté en el aire, movimiento rápido a un lado, y va solito al montón. Cuando tengas los doce, dame el toque, y lo ponemos sobre las burras.

Mientras repetía la estrategia, hasta llegar a doce barras de redondo de 10, reflexionó sobre sus dos recientes descubrimientos: la diferencia existente entre ser alguien formado y ser alguien inteligente, y que Iván aún no tenía conciencia de empresario, pero su subconsciente iba por buen camino.

lunes 7 de septiembre de 2009

Buenos días me cago en dios.


Todos los hogares tienen sus características diferenciadoras: unas costumbres concretas, unas normas específicas, un olor único. Así, también el taller, en la zona de amarrado.

La costumbre era sencilla, ineludible y contundente: había que dar las buenas horas, por la mañana, con una frase que se repetía hasta la saciedad.

Buenos días, me cago en dios.

El segundo día de su época como amarradora, comprobó cuán importante era tal sentencia. Entró callada, agotada sin haber empezado la jornada, cabizbaja y sumida en sus pensamientos -es decir, entró en las mismas condiciones que hasta el último de los obreros-. Sin ánimo alguno, dejó su saludo:

- Buenos días.

La miraron, pero no respondieron a sus palabras más que volviendo a sus ocupaciones previas al comienzo de la jornada. Después de un tiempo prudencial, empezaron a preguntarle qué le pasaba.

- Nada -dijo, extrañada por tan súbita preocupación-.

- ¿Seguro? ¿Todo bien? -continuaban-.

Pedro la llevó a una esquina apartada, donde permanecerían todo el día amarrando, y le explicó la razón. Una mezcla de estupefacción y placer por conocer tan extraña costumbre, la envolvió. No hizo falta que volvieran a repetírselo. A partir de aquella mañana, llegar al taller y cagarse en dios, fueron uno. Siempre le respondieron con una sonrisa y un gesto de asentimiento.
Con un acto minúsculo, pronto se supo parte de aquel otro grupo y descubrió que la distancia entre trabajar en las máquinas o amarrar con las tenazas, era abismal, aunque todo sucediera en quinientos metros cuadrados.

Los amarradores, cual si fueran máquinas, trabajaban, la mayor parte del tiempo, en silencio.
Aprendió un tipo de lenguaje de signos, miradas y gestos, que minimizaba el uso de la palabra. Y, si ésta había de usarse, fútbol, drogas y mujeres, eran los temas de conversación, en ese orden de importancia. Nadie invertía energías en quejarse, pues todos estaban en el mismo barco y no había salida posible, ya que ninguno sabía nadar.

Las normas eran claras en extremo: trabajar, dejarse la piel e intentar, por medio de la actividad continuada, que el tiempo pasara, cual si los minutos contaran sólo con treinta segundos.
Si se necesitaba un descanso, se elegía una labor menos dura y más activa -como podía ser recolectar estribos desechados, del suelo-, para que, cuando mirara dios desde la ventana, te encontrara en movimiento. Entonces dios, que conocía toda suerte de artimañas para evitar trabajar, te perdonaba la muerte para que siguieses viviendo condenado al trabajo.

El olor era inapelablemente distintivo: el de la esclavitud que vive la ilusión de ser libre. Si quisiera entenderse, bastaría con mezclar polvo, escoria de hierro, impotencia, viento, rabia silenciada y sudor rancio; e inspirar profunda y largamente, hasta que los pulmones amenazaran con explotar por el exceso de realidad.

Después de un tiempo, la podredumbre no se detectaba, formaba parte de la atmósfera viciada que lo impregnaba todo. El cuerpo empezaba a adquirir un color amarillo herrumbre que no se iría siquiera con la ducha. Porque el hierro penetraba en los poros, se adueñaba de ellos, como si de la tinta de una aguja de tatuar se tratara.

De noche, mientras dormía, el cuerpo expelía parte de su carga sobre las sábanas y, con el tiempo, el colchón mostraba el tatuaje herrumbroso de la silueta derrotada que, noche tras noche, moría sobre él. Era inevitable transferir el estado de alienación al lecho, como lo fue, para ella, descubrir que su cuerpo, mientras trabajara en la ferralla, no volvería a padecer la anemia a la que tan acostumbrada estaba.