“Preguntas de un obrero ante un libro”

Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares? Bizancio, tan cantada,
¿tenía sólo palacios para sus habitantes? Hasta en la fabulosa Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie más?
Federico II ganó la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la ganó, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién paga sus gastos?

Bertolt Brecht

MANUAL DEL PERFECTO OBRERO

Todos los datos, nombres, lugares, hechos, accidentes, errores, todas las locuras, rabias, negligencias, trampas, amenazas... Y, en general, todo el hijoputismo de este relato es y será "ficción".

Cualquier parecido con la realidad es puro parecido...

jueves 7 de enero de 2010

Felo.


Felo conseguía que los silencios no fueran tan prolongados a lo largo de la jornada. Solía tener preparados un puñado de comentarios con los que animar al resto y recordarle que el dinero no era fruta madura que cayera de los árboles, sino más bien simiente con un largo proceso y un vasto esfuerzo invertidos en él, antes de poder ser recolectado.

Como había sido nombrado encargado del taller recientemente, con la intención de evitar a Gonzalo una docena de salidas de la oficina (puesto que el montante de trabajo era considerable en la época); la mayor parte de los compañeros lo veían como a uno más y Felo no era capaz de conseguir ese grado de respeto tan necesario relacionado con las posiciones de teórica autoridad.
Le pasaba que el 99% de aquellos a los que tenía que gobernar llevaban más tiempo que él en el negocio. Muchos habían sido consultados antes que Felo para ocupar el puesto, pero todos se habían negado a la oferta de tener un puñado de migajas más que el resto, a cambio de una colección extra de dolores de cabeza y enfados con los compañeros. Conseguir una respuesta positiva de los ferrallas era algo que pasaba más por tener un mínimo de psicología que por tener unos teóricos galones reflejados sólo en la nómina.

Gonzalo lo sabía desde hacía años, allá por la época en la que siendo aún peón de ferralla, los más viejos le hacían aprender a marchas forzadas a base de exigirle sus respetos y que aprendiera a hacerse respetar, a su vez, por ellos. De ahí su trato a los trabajadores, cuando quería conseguir de ellos acción: Gonzalo pasaba el día pidiendo por favor todo lo que solicitaba y dando las gracias a los obreros por ello. Si hubiese trabajado en una empresa de mayor importancia y sus jefes hubieran decidido mandarlo a hacer algún curso de dirección de empresas u organización empresarial, Gonzalo habría descubierto que todo aquello que amaba de su vida laboral, todo lo que le había costado sudor y años aprender, todo lo que hacía con el corazón en la mano y una enorme carga de honestidad; podía traducirse en la técnica empresarial que se utiliza, con mayor grado de efectividad, para aumentar la producción de los trabajadores, cualesquiera que fuera su sector, y la calidad en el producto final.

Pero a Felo le costaba entenderlo de esa manera. Él había sido un obrero más, de los del enorme montón, maltratado y explotado por sus superiores, en lo físico y lo mental. Sólo perseguía sus diez minutos de gloria. Aquello le supuso, efectivamente, una cantidad de cabreos y dolores de cabeza extras. Sólo en el momento en el que, pasados sus diez minutos de gloria, optó por sincerarse con todos, al respecto de las razones que lo empujaron a aceptar el puesto, los compañeros empezaron a permitir que les organizaran la jornada.

Sus razones eran claras, decía: 6 bocas que alimentar, esperando en casa. Vivía con su compañera, que ya tenía cuatro hijos de una relación anterior, y había consolidado, junto a ella, la continuación de su sangre, de su clan, aportando un nuevo hijo a la suma.
No enternecía a nadie contando aquello. A su espalda, los ferrallas comentaban entre ellos que lo que realmente sentían era pena por aquel pobre desgraciado.

Felo era un organizador obstinado, acostumbrado a la afonía al final de cada jornada. El tabaco negro que fumaba constantemente -así como su costumbre de utilizarlo para hacer porros- era una de las principales razones de su constante pérdida de voz. Sumado, lo anterior, a su incapacidad para controlar sus nervios y la hinchazón de las venas en su cuello.

Casi siempre fumaba sus porros a solas, dado que al resto le parecía un sacrilegio mezclar el hachís con tabaco negro. Sin embargo, en las jornadas de vértigo, cuando él era el único con tiempo suficiente y las manos libres para liar porros, el resto aceptaba de buen grado su ofrecimiento a fumar.

Cristo y ella, se habían mudado recientemente. Ella había acabado aceptando la propuesta, más por cansancio que por convencimiento, como hiciera antes al respecto de la adquisición de un coche nuevo de fábrica. Cuando los compañeros del taller supieron de la nueva dirección, Felo se acercó una tarde a ella para decirle que ahora eran vecinos. Insistió en que ambos pasasen a hacerle una visita y a conocer a la familia. Así fue como, una tarde cualquiera, Cristo y ella conocieron a todas las bocas causantes de su elevado ritmo laboral en la zona de amarrado.

Aquella tarde, Felo les confesó la verdadera razón por la que había aceptado el nombramiento de Gonzalo. Quería comprarse una moto de licencia, puesto que ni tenía carnet de conducir ni tenía nada claro que fuese a sacarlo algún día; pero lo que sí tenía claro es que estaba harto del transporte público que, efectivamente, dejaba muchísimo que desear en aquella zona.

A cambio de la promesa de ambos de mantener en secreto su confesión, Felo les brindó, a partir de aquella tarde, un "trato especial" que consistía básicamente en dejarlos hacer a su propio ritmo (ya se encargaría Cristo de que dicho ritmo fuera siempre atroz, puesto que sus intereses futuros dependían de ello en alto grado) y en recordar pedirles tabaco rubio, cada vez que tocara liarse un cigarrito de la risa, para que, al llegarles el turno, no dudaran en aceptar el ofrecimiento.

Felo cumplía, religiosamente, y su secreto estaba a buen recaudo, puesto que ni a Cristo ni a ella les interesaba lo más mínimo en qué quería gastarse él su dinero.

jueves 24 de diciembre de 2009

Es pa' cabrones.


Un día, otro día y otro. El mismo sabor de herrumbre en la boca silenciada, mientras las manos se movían como autómatas.

Llegaba al taller, daba los buenos días cagándose en dios y su magnánima costumbre de hacer rebaños para su enriquecimiento personal, dejaba el bolso en el cuarto, se cambiaba con todos -o venía cambiada, si quería evitar quedarse en ropa interior ante sus compañeros de tajo, cosa que dejó de preocuparle, después de medio año-, salía a la zona de amarradores, guantes y tenazas en mano, metro a la cintura, colgado del cinturón, encendía el primer cigarrillo de la jornada -sólo porque era demasiado pronto aún para jugársela encendiendo otro porro-, elegía las burras en las que trabajaría durante toda la jornada -o esperaba a ser elegida-, recolectaba los estribos que necesitaba para la estructura a armar, separaba, cortaba, elaboraba y marcaba el hierro que tocase -con el compañero que tocase-, posaba un puñado de ellos en el centro de la burra, dejaba el resto en el suelo, ponía un puñado de estribos en uno de los extremos de los hierros largos que se iban a armar primero, seleccionaba el rollo de alambre con el que tejería el futuro de otros, compañero enfrente -silenciados ambos, porque a esas horas, hablar era utopía-, ponía un extremo del alambre entre el pulgar y el índice de la misma mano que sostenía las tenazas, colocaba el estribo en la marca del hierro largo y empezaba a hacer realidad los sueños de extraños.

Para los zurdos -como ella- el alambre se pasa por debajo del hierro largo, a la izquierda del estribo, y en dirección al compañero, con el pulgar y el dedo gordo de la zurda. Después hacia arriba, rodeando la parte superior del estribo -la que no está pegada al hierro largo-. Con la ayuda del índice de la mano derecha, se empuja el alambre hacia abajo. Se pasa nuevamente bajo el hierro largo, pero ahora, en dirección a uno mismo, por el lado derecho del estribo. Se juntan las dos partes del alambre en el otro lado del ángulo recto del estribo, con un movimiento rápido de pulgar e índice de la mano derecha. Se atrapan con las tenazas, de manera que la boca o apertura de éstas quede paralela al hierro largo, cuidando de no presionar demasiado, para evitar que corte el alambre en medio del proceso. Se apoya la parte inferior de la boca de las tenazas en el estribo, para hacer de palanca y presionar el alambre lo justo para que ambos hierros se junten. Movimiento de muñeca, con gesto corto y seco, hacia la izquierda. Las tenazas, habiendo descrito un ángulo de 180 grados, vuelven a tener la boca paralela al hierro largo. Otra rápida presión, palanca, giro de 180 grados y corte. Con el dedo meñique de la zurda, se empuja hacia abajo la pata de las tenazas más cercana al suelo, de manera que la boca de las tenazas vuelva a estar abierta para repetir el proceso. El primer punto de ferralla del día está dado.

El que llevara reloj sabía que sólo se había movido un cuarto de hora, desde la pega, y se había dado el primer punto del día en un tiempo entre tres y diez segundos, dependiendo del sueño del ferralla.
Si no había sorpresas, aún restaban siete horas y cuarenta y cinco minutos de puntos de ferralla para poder ir despertando, con una hora de parada, entre la una y las dos, para llenar el estómago y seguir en activo el resto de la tarde.
Después venía la mañana siguiente, desayuno, almuerzo, otra tarde, otra mañana, otra semana, otro mes, otro año… el tiempo que hiciera falta hasta que la sorpresa se hiciera tan necesaria como seguir respirando.

Pero la sorpresa era otra de las féminas que aún no habían descubierto el mundo de la ferralla. Y su llegada, aunque necesaria como el aire, se hacía de rogar, jornada tras jornada. Sólo los planes eran posibles, si alguien los hacía. Uno podía planear algo y no decirlo, de manera que, para el resto, pareciera una sorpresa.

Cuando la necesidad de la empresa de exprimir al máximo cada gota de sudor con la que el trabajador amasaba su desgracia de dependencia y hambre latente, se hacía más palpable; era fácil añadir al ejercicio rutinario de ser esclavo del dinero, media docena de frases que recordaban que hay prisa y el trabajo tenía que quedar terminado antes de…

Sólo en los raros casos en los que la celeridad era la consigna de la jornada, por entero, dichas frases recordatorias provenían de Gonzalo, que abandonaba su oficina y sus despieces, el tiempo necesario para reactivar a las autómatas que estaban amarrando. Más raro aún era que el mismísimo dios, desde la ventana de su cielo, asomara parcialmente rostro y cuerpo -cigarrillo en ristre- para dejar caer una frase aquí, un comentario allá; con la intención de recordarles a todos el porqué de sus cadenas.
Pero dios gustaba de ser visto por su rebaño y se asomaba, aún en los tiempos de relativa calma, sólo para que nadie olvidara que crear, lo que se decía crear, era algo que sólo a él competía. El resto, simplemente, arrastraba el peso de su creación.

En los demás casos de prisas, Felo -al que habían elegido encargado de la zona de amarrado, un par de semanas después de que ella pasase a formar parte del grupo de amarradores- era el que iba de un lado a otro, saltaba sobre hierros, empujaba estructuras amontonadas en el suelo, corría con el montacargas, trayendo los pirulos cargados de estribos o cargando las Toyotas y las Hilux, y ejercía su insignificante poder de categoría superior, traducido en unas pocas migajas más que el resto, al mes.

Ella hacía lo posible por ir más rápido, por reducir la media de tiempo que invertía en cada punto, pero su cuerpo parecía tener un lado intelectual bien marcado y había descubierto, en los primeros meses amarrando y al quejarse de continuos dolores en la muñeca izquierda, que tenía el mal del pianista. Operable, claro. Complicaciones posibles: pérdida total del movimiento de las falanges de la mano intervenida… Asumió el dolor, otro más a acumularse en una lista que empezaba a tener la categoría de larga, y el hecho de que sería demasiado lenta como para llegar a ser buena en su trabajo. Algunas veces iba dando los últimos puntos a la vez que caminaba, mientras un grupo de compañeros se llevaba la estructura casi armada. Como respuesta a sus gritos de protesta, por no dejar que terminara de dar los puntos, la frase más famosa del taller -después de los buenos días-:

- ¡Es pa' cabrones!


Los pocos planes que, cual sorpresas, desordenaban ligeramente la tan bien armada rutina, podían llegar con Gerardo, Antonio o Vicente -los camioneros de la empresa-: cuando tenían que hacer llegar sus camiones a la altura de las estribadoras, necesitando para ello que las burras de la zona de amarrado se quitaran del paso. O cuando Isaac, camionero de otra empresa, venía cargado de atados de hierro de 12 metros, que iban destinados a la zona de los amarradores (cosa que sucedía muy de vez en cuando, ya que sus visitas eran, principalmente, dentro de la nave, para dejar atados para Pepe y Juan).

En todos los casos, la sorpresa era mal recibida por sus compañeros -no así por ella misma- que regalaban su mejor colección de exabruptos, juramentos, palabrotas y buenos deseos, para los camioneros y sus familias. Sus compañeros se quejaban, casi de manera unánime, porque no podían continuar trabajando.

El asombro que tales acciones, por parte de los compañeros, le producía, fue borrado de su memoria el día que se descubrió a sí misma como integrante de la masa que profería los insultos. La peor parte de la jornada parecía haberse convertido, con el tiempo y con las quejas, en el momento en el que su burra tenía que ser movida, para que el puto camión de turno viniese a llevarse el resultado de su trabajo.

domingo 20 de diciembre de 2009

Adolfo.


- ¡Ya coño! Adolfo, por dios, para un pijco mijo, que no se puede desayunar tranquilo en este puto taller, contigo dándole que te pego -se oía, medio en serio, medio en broma, a Paco 2, mientras acompañaba sus palabras con los brazos extendidos, haciendo de su embergadura un gesto suplicante-.

Parapetado tras las gafas de pasta, de culo de botella, y con la calma exagerada del isleño, un enfado de Adolfo podía fácilmente confundirse con un discurso de un intelectual. Por toda respuesta, continuó golpeando la pieza que tenía entre manos.

Era uno de esos hombres para todo de la empresa y, si le gustaba o no su rol, era algo que nadie podía afirmar, porque de su boca jamás salían palabras negativas dirigidas a la empresa. Mientras, los comentarios positivos también eran mínimos, casi inexistentes. Utilizaba su capacidad de habla para desempeñar su trabajo o, en el tiempo de descanso, para hacer jocosos comentarios a favor o en contra de lo que algún otro comentara.

- No muerdas la mano que te da de comer, a menos que hayas encontrado otra mano que te alimente -le contestó, mientras seguía martilleando-.

- Tío, ¿ya desayunaste? Vente pa'cá' a desayunar con nosotros. Cuéntanos algo bonito.

Adolfo le había dado una bienvenida llena de sobadas preguntas típicas, no sólo por satisfacer su lógica curiosidad al encontrarse en aquel mundillo a una mujer, sino porque, honestamente, daba la bienvenida a una compañera de trabajo.

Cuando el lío con Cristo adquirió cierto carácter oficial en el círculo familiar de éste, Adolfo fue la primera persona que hizo que se sintiera parte de la familia. Aunque ella siempre supo que aquella no sería su familia, en los términos que ellos esperaban, y, ni por asomo, en sus propios términos; con Adolfo cerca sentía que su familia estaba cerca.
Empezó a llamarlo tío como un hecho chistoso, poco después de empezar el lío con Cristo. Años después de Cristo, siguió llamándolo tío, sin asomo de ironía, mientras se colgaba de su cuello para robarle un abrazo y regalarle un par de besos. Acabó siendo, después de que toda aquella pantomima familiar llegó a su fin, parte de su verdadera familia.

Aquella mañana, el desayuno en la zona de Los Pacos se había convertido en poco menos que un evento social. Además de ellos y ella, desayunaban en la zona El Mono y Cristo.
Adolfo había dejado de golpear y había sacado su bocadillo. Sin sentarse siquiera, había empezado a comérselo, junto a ellos, paseando de vez en cuando su cuerpo regordete por entre la chatarra de la zona.

- ¡Manda cojones! Ya se sabe que la familia tira… -comentaba Paco 2-. Y claro, si además de familia es una mujer… Dos tetas tiran más que dos carretas.

- La puta envidia, Paquillo. Un día de estos te vas a morder la lengua y te vas a acabar envenenando -replicó Cristo-.

- Cuidao' Paco -dijo Paco 1, con sorna- que hay familias y familias, mujeres y mujeres… y aquí tienes todas las de perder, porque ésta ha elegido bien sus cartas.

Sus palabras fueron seguidas por el asentimiento general de todos los que estaban sentados, incluído Cristo. Paco 2 se limitó a soltar una carcajada por toda respuesta y a seguir comiendo.

- Demasiada testosterona… -comentó ella-. Tío -dijo ahora, dirigiéndose nuevamente a Adolfo- después de aguantar a estos cabrones, ojalá hubiera cielo, porque tú ya tendrías asegurado un puesto en él.

Mientras le guiñaba un ojo, en señal de comprensión, Adolfo tragaba otro bocado y bebía zumo para ayudarlo a realizar el camino hasta el estómago.

La pausa para el desayuno duraba, en teoría, media hora. En la práctica, lo que cada cual quería o el tiempo justo que tardaba Gonzalo en salir de la oficina y espolear a todos y cada uno de los que, a esas alturas, ya estaban en el postre: el porro o el cigarrillo. En esos casos, los movimientos rápidos y nerviosos destinados a esconder el porro y mantener el humo dentro de los pulmones -con la estúpida intención de esconder el acto ilegal a Gonzalo, cuando el ambiente cargado no dejaba lugar a dudas de lo que se estaba fumando allí- precedían al acto terrible de tener que ponerse en pie y colgarse al cinturón el metro y las tenazas, enguantarse otra vez y otra vez salir al aire libre, casi siempre bajo un sol de justicia, a continuar armando estructuras.

Otras veces, el ruido de las estribadoras señalaba el comienzo del trabajo, puesto que el diálogo, especialmente en la zona de desayuno de Los Pacos, a menos de 5 metros de la Beta; acababa siendo harto difícil.
Pero aquella mañana, las estribadoras alargaban su rato de pausa y Pablo, Acos y Roberto habían ido pasando delante del grupo que desayunaba con ella, uno a uno y en ese orden. Todos habían desfilado camino del baño y habían vuelto minutos después. Se pararon un rato en la zona, hicieron algún comentario burlón -o lo recibieron, en el caso de Acos- y volvieron a sus máquinas.

Pablo andaba trabajando en la Ciclops, al final del taller, a solas, en su mundo. Acos, descansando en la Alba, deleitándose en la limitada velocidad de ésta. Roberto sacaba estribos de 6 de la Beta, a la velocidad acostumbrada. Suficiente para que siempre anduviera buscando razones para retrasar el momento de pega. Cuando se paró delante del grupo, con su sonrisa colgate, ella le dedicó una mirada deseosa de que, en lugar de cubano, Roberto fuera argentino y decirle "colgate" significara para él lo que significaba para ella.

- ¿Esto qué es? ¿El puto circo? ¡A trabajar, coño! -graznó Domingo, dirigiendo una mirada helada a Roberto-.

Sin dejar de sonreír, Roberto miró rápidamente al resto para intentar encontrar apoyo a su intención de robarle unos minutos más al trabajo. Nadie dijo nada. Sólo ella lo miraba, con la misma intención de cambio de nacionalidad.

- Cubano, ¿tú estás viendo a Furo en algún sitio? ¿No? Pues entonces ya sabes, mueve el culo, que el viejo necesita hacerse rico a tu costa. Mientras estás ahí con esa cara de gilipollas, me estás jodiendo el futuro -replicó Cristo, en apoyo al graznido de Domingo-.

Mascullando la respuesta, Roberto continuó su camino a la Beta. Adolfo dio el primer golpe de hierro contra hierro. Gonzalo apareció y, sonriendo, acabó la pausa del desayuno de los que le restaban.

Con el suelo como paisaje, los pasos de todos se encaminaron a las burras, tenazas en mano, con la intención de cortar alambre y tiempo, hasta la hora del almuerzo.