
Felo conseguía que los silencios no fueran tan prolongados a lo largo de la jornada. Solía tener preparados un puñado de comentarios con los que animar al resto y recordarle que el dinero no era fruta madura que cayera de los árboles, sino más bien simiente con un largo proceso y un vasto esfuerzo invertidos en él, antes de poder ser recolectado.
Como había sido nombrado encargado del taller recientemente, con la intención de evitar a Gonzalo una docena de salidas de la oficina (puesto que el montante de trabajo era considerable en la época); la mayor parte de los compañeros lo veían como a uno más y Felo no era capaz de conseguir ese grado de respeto tan necesario relacionado con las posiciones de teórica autoridad.
Le pasaba que el 99% de aquellos a los que tenía que gobernar llevaban más tiempo que él en el negocio. Muchos habían sido consultados antes que Felo para ocupar el puesto, pero todos se habían negado a la oferta de tener un puñado de migajas más que el resto, a cambio de una colección extra de dolores de cabeza y enfados con los compañeros. Conseguir una respuesta positiva de los ferrallas era algo que pasaba más por tener un mínimo de psicología que por tener unos teóricos galones reflejados sólo en la nómina.
Gonzalo lo sabía desde hacía años, allá por la época en la que siendo aún peón de ferralla, los más viejos le hacían aprender a marchas forzadas a base de exigirle sus respetos y que aprendiera a hacerse respetar, a su vez, por ellos. De ahí su trato a los trabajadores, cuando quería conseguir de ellos acción: Gonzalo pasaba el día pidiendo por favor todo lo que solicitaba y dando las gracias a los obreros por ello. Si hubiese trabajado en una empresa de mayor importancia y sus jefes hubieran decidido mandarlo a hacer algún curso de dirección de empresas u organización empresarial, Gonzalo habría descubierto que todo aquello que amaba de su vida laboral, todo lo que le había costado sudor y años aprender, todo lo que hacía con el corazón en la mano y una enorme carga de honestidad; podía traducirse en la técnica empresarial que se utiliza, con mayor grado de efectividad, para aumentar la producción de los trabajadores, cualesquiera que fuera su sector, y la calidad en el producto final.
Pero a Felo le costaba entenderlo de esa manera. Él había sido un obrero más, de los del enorme montón, maltratado y explotado por sus superiores, en lo físico y lo mental. Sólo perseguía sus diez minutos de gloria. Aquello le supuso, efectivamente, una cantidad de cabreos y dolores de cabeza extras. Sólo en el momento en el que, pasados sus diez minutos de gloria, optó por sincerarse con todos, al respecto de las razones que lo empujaron a aceptar el puesto, los compañeros empezaron a permitir que les organizaran la jornada.
Sus razones eran claras, decía: 6 bocas que alimentar, esperando en casa. Vivía con su compañera, que ya tenía cuatro hijos de una relación anterior, y había consolidado, junto a ella, la continuación de su sangre, de su clan, aportando un nuevo hijo a la suma.
No enternecía a nadie contando aquello. A su espalda, los ferrallas comentaban entre ellos que lo que realmente sentían era pena por aquel pobre desgraciado.
Felo era un organizador obstinado, acostumbrado a la afonía al final de cada jornada. El tabaco negro que fumaba constantemente -así como su costumbre de utilizarlo para hacer porros- era una de las principales razones de su constante pérdida de voz. Sumado, lo anterior, a su incapacidad para controlar sus nervios y la hinchazón de las venas en su cuello.
Casi siempre fumaba sus porros a solas, dado que al resto le parecía un sacrilegio mezclar el hachís con tabaco negro. Sin embargo, en las jornadas de vértigo, cuando él era el único con tiempo suficiente y las manos libres para liar porros, el resto aceptaba de buen grado su ofrecimiento a fumar.
Cristo y ella, se habían mudado recientemente. Ella había acabado aceptando la propuesta, más por cansancio que por convencimiento, como hiciera antes al respecto de la adquisición de un coche nuevo de fábrica. Cuando los compañeros del taller supieron de la nueva dirección, Felo se acercó una tarde a ella para decirle que ahora eran vecinos. Insistió en que ambos pasasen a hacerle una visita y a conocer a la familia. Así fue como, una tarde cualquiera, Cristo y ella conocieron a todas las bocas causantes de su elevado ritmo laboral en la zona de amarrado.
Aquella tarde, Felo les confesó la verdadera razón por la que había aceptado el nombramiento de Gonzalo. Quería comprarse una moto de licencia, puesto que ni tenía carnet de conducir ni tenía nada claro que fuese a sacarlo algún día; pero lo que sí tenía claro es que estaba harto del transporte público que, efectivamente, dejaba muchísimo que desear en aquella zona.
A cambio de la promesa de ambos de mantener en secreto su confesión, Felo les brindó, a partir de aquella tarde, un "trato especial" que consistía básicamente en dejarlos hacer a su propio ritmo (ya se encargaría Cristo de que dicho ritmo fuera siempre atroz, puesto que sus intereses futuros dependían de ello en alto grado) y en recordar pedirles tabaco rubio, cada vez que tocara liarse un cigarrito de la risa, para que, al llegarles el turno, no dudaran en aceptar el ofrecimiento.
Felo cumplía, religiosamente, y su secreto estaba a buen recaudo, puesto que ni a Cristo ni a ella les interesaba lo más mínimo en qué quería gastarse él su dinero.

