
Durante sus primeros meses amarrando, ir a trabajar un sábado era una opción que podía elegir el amarrador. Por supuesto, no era opcional para los estribadores, ya que alguien tenía que surtir de hierro a los amarradores del sábado y adelantar el material para que pudieran trabajar al lunes siguiente. La diferencia entre uno y otro trabajo era importante: como amarrador, podían tenerse libres los sábados.
Pero ella no los tuvo. Eligió trabajar, porque negarse a 240 euros extras mensuales, en dinero negro, era una absoluta estupidez. Al principio, por su precaria economía. Después de vivir con Cristo, por el aumento en el consumo de chucherías estupefacientes varias. Los sábados de ambos cubrían los gastos al respecto.
Aún cuando ahora pertenecía al gremio de los amarradores -para algunos, los ferrallas auténticos- mantuvo el contacto con los estribadores, Acos, Pablo y Roberto.
Sentía un gran afecto por Acos y sus excentricidades. Disfrutaba de su compañía siempre que podía -aunque sólo fuera el tiempo justo que tardaba en recoger un atado de estribos de su zona y llevarlo a la zona de amarradores-. Su conversación invitaba tanto a la risa como a la reflexión. Su picardía era tal que podría resumirse con el dicho "no moja pero empapa". Aunque sus dificultades en el habla y su miedo, eran razones suficientes para enmudecerlo y paralizarlo, en ocasiones; saberse en confianza lo animaba a dar rienda suelta a sus reflexiones, que no eran pocas: permanecer callado favorece el acto del pensamiento, aún cuando éste se desarrolle en un ámbito reducido. Acos no era amigo de las ideas complejas. La simplicidad era una de sus mejores cualidades. Su capacidad para reducir las ideas a formulaciones sencillas y lógicas, era aplastante. Por suerte o por desgracia, para él, eran muchos los que creían que su pensamiento rodaba a la misma velocidad que su lengua. Ella, en cambio, pudo comprobar, conversando con él, cuán equivocados estaban los que así pensaban.
Pablo -El Pableras o Pableras a secas, tras ser rebautizado por Cristo- era sinónimo de charla con sustancia. Desde que tuvo la oportunidad de trabajar junto a él en las estribadoras hasta años después de su trabajo en la empresa, gustó de analizar los pormenores de aquel y otros zoológicos humanos, con Pablo. No en vano, aquellas fieras eran, en su conjunto, excelente material para un nuevo museo de los horrores. Un número reducido de ellas, en el circo romano, ocuparían los palcos de honor en las gradas, cual pilatos y nerones, lavándose las manos, las más de las veces, y actuando como implacables perseguidores de cristianos. A la cabeza de tales gestas, el rey león, loba romana, yahveh de aquellos que, de cualquier manera, morían siempre en la arena, a manos de sus iguales o devorados por las fieras.
Pablo tenía el rasgo diferenciador de la ternura, en dosis equilibradas; la comprensión, en cantidades justas; el respeto, sólo si lograba ganarse. Y por encima de todo, la extraña capacidad, por aquellos lares, del autocontrol. Cualidad ésta que, aderezada con palabras, lograba contagiar a aquellos que tuvieran la paciencia para escucharlo lo necesario.
Roberto, en cambio, era caso a estudio, por perdido. Ella no podía negar que sentía placer al descubrirse en mejores condiciones que aquel que una vez -o demasiadas- se riera de su incapacidad momentánea, con su perfecta sonrisa, conseguida gracias a su mujer dentista, y que perdería poco a poco por culpa de la coca cola (riesgos de la libertad). Roberto era el ejemplo más claro de gusano que había conocido -en el más estricto sentido cubano-. De todos los que trabajaban allí, sólo Furo lo soportaba. Una caja de habanos de primera, anual, era suficiente razón. Si la solidaridad entre los trabajadores era una práctica esporádica, en el caso de Roberto era una intención extirpada de su modus operandi.
Aquel sábado, la producción necesitaba de todas las manos posibles. Nada más terminar de hacer estribos, los tres, tenazas en mano, se encaminaron a la zona de amarrado. Ella llevaba el tiempo suficiente amarrando como para que las tenazas no se le cayeran al suelo. Ya había aprendido lo esencial: a trabajar con los guantes puestos en todo momento y a no soltar las tenazas y el alambre, hasta que no fuera absolutamente necesario. Eso sólo ocurría cuando había que cargar una armadura cuyo peso obligase al uso de ambos brazos.
Disfrutó con sólo limitarse a escuchar las docenas de burlas a las que fueron sometidos por el resto. En todas las dirigidas a Pablo y Acos podía notarse el cariño que subyacía. En el caso de las dirigidas a Roberto, el tono no dejaba dudas al respecto de su autenticidad.
Le sorprendió lo rápido que su comportamiento y su estado de ánimo, se asemejaban a la tónica general. Los obreros no necesitaron mucho tiempo para tratarla como a uno más porque ella había necesitado aún menos para comportarse como si lo fuera. Aquella forma de actuar no podía fingirse. Tenía que sentirse. Y ella se sintió parte de aquel zoológico desde el primer mes de trabajo.
El sábado se saldó con una nueva victoria personal: por primera vez, había dejado de ser el centro de atención. Hubieron de pasar ocho meses para que sus compañeros compartieran la broma con ella. Pero aquello fue suficiente como para establecer el punto sin retorno: todos los ferrallas que allí estaban la tratarían, desde entonces, como a una ferralla. Y a ella, a partir de aquel sábado por la mañana, los porros ya no le sabrían igual.

