Se ha levantado helado hoy. Lo he estado observando por un rato y me he dado cuenta. Son las 5:25 de la mañana. Vaya odioso frío que hace y sólo es septiembre. Casi estoy tiritando, esperando al tren para ir al trabajo, con un cigarrillo en la boca que consumo a grandes bocanadas, mientras me acuerdo de lo bien que estaba hace media hora, en mi cama, con las mantas y la calefacción. Lo vuelvo a mirar, al viejo de la parada. Parece lila, en serio, del maldito frío de toda la noche. No sé por qué decide quedarse ahí, pero lo hace, y no imagino cómo consigue sobrevivir cada madrugada. Lo he oído mascullar, en ocasiones, y dice que le gusta la pantalla de los horarios, que es como ver la televisión por cable. Otras veces, entre insultos al aire, se queja de no saber leer. Se tapa con cartón y los diarios del día que dejan los viandantes. Dice que tiene con eso para el frío. Con eso y su abrigo verde y grueso, lleno de mugre de meses, o de años, qué sé yo. Otros, la mayoría que he visto por ahí, llevan siempre a cuestas el saco de dormir, pero el viejo no. Su cartón, su periódico.
Recuerdo un día que esperaba en la parada para ir a ver a un amigo. Lo oí murmurar, mientras tomaba las sobras de un café latte que alguien se había dejado. Hablaba de un pasado que parecía prometedor y acabó demasiado pronto. Una casa que tuvo, que perdió. Sus tres hijos, todos universitarios, todos por Europa esparcidos. Ninguno allí, ninguno en Londres, dejaron de escribir postales de cumpleaños y navidad, hacía años... no sabía de ellos, hacía años. Alguien tiró medio cigarrillo y el viejo se apresuró a cogerlo. Fumaba con avidez... Siempre un buen cigarrillo después de la cena, se agradece –decía, deleitándose en el humo que dejaba escapar sólo porque necesitaba respirar-. Calculé que tendría al menos 70 años, pero claro, nunca ha sido lo mío hacer cálculos. Sus ojos, parecía que habían vivido cien vidas, todas duras, todas difíciles. Algunas personas no deberían vivir tantos años –solía decir-.
Una mañana llegué a la parada cuando el viejo celebraba su navidad veraniega. Alguien dejó olvidada una bolsa que contenía una caja... dentro, un par de zapatos nuevos, sólo dos números más grandes. Lo miré a los pies, no quería estar mucho rato observando su desdentada sonrisa... parecía un payaso, aquellos zapatos en sus pies servían de esquíes. Estaba feliz el viejo, aquella mañana. Con zapatos nuevos, desayunando unas sobras de pizza fría, de esas que se compran por porciones en el centro, por la calle, a una libra. Pensé en los kilómetros que tuvo que viajar aquella porción en metro y en tren, hasta convertirse en el desayuno frío del viejo de la parada, aquella madrugada, no menos fría.
Pero hoy estamos sólo a menos cuatro y se me hielan los dientes. Hoy lo veo lila al viejo, pareciera que fuese a ponerse enfermo. Hoy, ni siquiera masculla. En su carrito, entre un montón de cosas inidentificables, un portarretratos, sucio y roto, con una foto de familia. Creo que son, sí, son cinco en un típico salón inglés. Todos sonríen. Tiene tan poco que ver con el viejo adormilado que yace acurrucado junto a mí. Observo mejor y veo que entre sus manos tiene los restos de algo muy parecido a una revista porno. Sonrío. Me alegro de que hubiera fiesta anoche, viejo -susurro en inglés-. Abro el paquete de tabaco, que está casi entero. Cojo sólo dos, (aquí es un bien preciado). Me levanto, llega el mío. Última ojeada al viejo, me guardo en el bolsillo los dos cigarrillos y decido dejarme olvidada la cajetilla y el mechero, dentro de la revista que sostiene en sus manos...
Vente - RAFAEL TEICHER
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