Siempre hay una canción que te trae de vuelta por algún motivo u otro. Todas las mañanas, antes de empezar a trabajar, antes de ponerme la sonrisa perenne que habrá de sobrevivir siete horas, no importa cómo me encuentre; tomo mi café en un lugar apartado donde el sol -con suerte- me regala algunos rayos para devolver algo de paz, aunque mermada, a mi mente. Todas las mañanas, en ese preciso instante, me fumo un cigarrillo, bolígrafo en mano, y evoco tu imagen para convocar la sonrisa sincera, ésa que no dedico a nadie, ésa que te pertenece. Y escribo.
Sigo escribiendo para ti. Soy mujer de palabra y mi palabra fue ésa.
Siempre que estás presente hay una canción que viste tu recuerdo y me estrecha el corazón hasta dejarlo colmado de amor por ese recuerdo y vacío de cualquier hálito de resentimiento por la vida.
Qué bueno sería saber de ti a través de ti. Qué bueno que tu voz resonara en las pausas de esa canción que te trae de vuelta. Que bueno sería ver tus ojos entre los espacios y las pausas de lo que escribo.
No estás aquí. No estarás nunca. Y la vida sigue siendo, sigue rodando en este mundo donde los cimientos van, poco a poco, dejándose ver, después de todo el esfuerzo invertido en ellos.
Escribo para ti... pero siento, tantas veces, que escribo para la pared. Y es a la pared a la que le grito que tu ausencia es una herida sangrante que duele a veces y siempre enseña, empujándome hacia adelante, hacia arriba, con un ritmo atroz que no permite siquiera que respire. No importa, mi dulce amigo. No importa siquiera el vacío de tu silencio, el vacío de tu no presencia, el vacío de la certeza de un día a día en el que tu silueta no habrá de romper las estructuras de hielo que se erigen frente a mis ojos.
No importa nada. Respiro y escribo. Le escribo a la pared, ¡qué importa que ella no sepa leer y no quiera aprender a hacerlo! La pared es mi aliada y la canción que te trae de vuelta, mi motor. Sin esperanza se vive libremente. Sin esperar se sienten los segundos, uno a uno, como copos de nieve blanqueando las aceras y la sien.
Empiezo a descubrir mis arrugas y las dudas se disipan. Algunos se empeñan en robarme años a la espera de que yo les dé mi vida como recompensa. Pero hace falta más que un aprendiz de ladrón para que la rosa marchita entregue sus pétalos al olvido.
Desde aquella mañana dura, extraña y difícil, en la que supe que me iría y dejaría de contar con tu inestimable presencia, asumí que el resto de mi vida guardaría un espacio dedicado exclusivamente a echarte de menos. Pero ha sido el tiempo el que me ha enseñado la lección más importante: una vez encuentras al amigo, cuídalo, mantenlo siempre cerca... porque todo puede superarse, todo puede rebasarse, siempre que la voz del amigo permanezca a tu lado.
Ahora, cuando una canción te trae de vuelta en mis mañanas, tardes o noches, cuando echarte de menos se convierte en tarea tan importante como respirar, cuando escribir para ti sin más trabajo que el hecho de tomar en la mano el bolígrafo, se hace realidad... ahora, que le escribo a la pared y es a ella a la que le cuento lo que quisiera contarle a tus oídos... ahora sé, mi dulce amigo, que la vida se ensancha lo justo para que pases por ella de puntillas y no dejes más huella que la idea de tu existencia instalada en la memoria de quien te recuerda.
Le escribo a la pared... escribo para ti... me dejo atrapar por los rayos escasos del sol matutino... por tu recuerdo, encerrado en una canción que te evoca... te echo de menos... pero nada, absolutamente nada, importa porque estás -hasta el último segundo del último de mis días- instalado en mi memoria que es, sin lugar a dudas, la encargada única de llevar a cabo la labor más importante... recordarte, mi dulce camarada, recordarte siempre.
Vente - RAFAEL TEICHER
Hace 52 minutos