
- ¿Y tú qué crees?
- Cristo, hace 5 días que ya no estoy seguro de lo que creo. Tu viejo dice que los 3 y punto -dijo Gonzalo-.
- ¿Y ella qué dice?
- Que si estoy loco o qué. Que no sabe si podrá aguantar. Que es sólo su segunda semana. Bla, bla, bla y que puedo estar seguro de que lo intentará.
Cristo sonrió y dijo, acompañando con un gesto de complicidad sus palabras:
- Vale. Entonces, cuenta con ello. Esta semana, Acos, ella y yo hacemos el curro del nuevo cliente, de 5 de la tarde a 9 de la noche. Eso, contando con que empezamos a las 7 de la mañana, hace un total de 70 horas, más las 6 del sábado, 76 horas esta semana. Espero, Gonzalo, que este mes veamos dinero… Los tres.
- Ésa es mi parte. Venga, a sacar hierro.
- Se dijo.
***
Eran las 5.30 de la tarde del lunes. Reinaba el silencio en el taller. Habían decidido merendar, antes de comenzar el segundo turno. Después de la comida y la pequeña charla, para organizar el trabajo, Cristo se hizo un porro. Fumó un poco y se lo ofreció a Acos, con la sonrisa de quien sabe de antemano la respuesta. Éste, rechazándolo de pleno, refunfuñó:
- Yo paso, Cristo.
Entonces, se lo ofreció a ella, diciendo:
- Los días van a ser largos esta semana. Tienes dos opciones: competir con Acos, a ver quién patea más la máquina, o conmigo, a ver quién lo pasa lo mejor posible.
- Acos no fuma. Creo que sobreviviré.
- Yo soy un cabeza hueca, mija -dijo Acos, golpeándose la cabeza con los nudillos- nací drogao.
- Tiene sus ventajas, créeme. -dijo ella, mientras rechazaba, con un gesto, el porro-.
- Pues, a currar se dijo. Cada media hora, nos acercamos a charlar. No hace falta parar la máquina por eso -sentenció Cristo, levantándose, mientras devolvía el porro a sus labios-.
A las 8 de la tarde, derrotada por un cansancio insólito para un lunes, recogía estribos de la máquina e intentaba hacer balance. Había pasado una semana. 8 días, en realidad, y ya sentía el tópico de parecieran 8 años. Pasar de un despacho, (excelentemente instruida en la importancia de su papel profesional para la sociedad), donde el accidente diario más grave podía ser un corte de papel, a un lugar donde podía perder la vida, en un accidente, le hacía sentir el peso de la condena laboral del universitario: permanecer encadenado al ejercicio profesional es la prisión que libera.
¡Pero prisión, al fin y al cabo! ¿Acaso no es, una prisión, una forma de perder la vida?
Lo real es que cualquier excarcelado profesional, acabará condenado a la esclavitud de su cuerpo y a la libertad de su pensamiento. ¡Qué maravillosa idea, en el fondo!
Cierto era que su cuerpo le pertenecía cada vez menos. Pero descubrió que, al compás del sonido constante de la máquina, podía trabajar y pensar al mismo tiempo: su mente volvía a pertenecerle.
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