domingo 5 de julio de 2009

La primera herida, la primera cicatriz.


Lo que duele, la primera vez, no es la herida; es ver el tajo profundo, la carne blanca tan viva y limpia, bajo la piel, que no parece la propia. Ese río silente que se pierde y ya no será de nadie. Saber que, para sobrevivir, no basta sólo con dejarse el pellejo en sentido figurado: hay que dejárselo en el más estricto sentido de la expresión.

Tras la belleza del rojo, la costumbre de la visión cotidiana de dicho color. Cuando sobreviene el dolor, directamente proporcional al tajo, al golpe del hierro contra la piel y los huesos, y a la falta de alternativas del obrero; se sigue adelante.

La primera cicatriz es la señal del amargo triunfo de la realidad sobre el mundo de sueños del ser al que habita. La consecuencia inevitable del proceso que lo degenera, convirtiéndolo en un no-ser que quisiera haber podido ser otra cosa. Se erige reina del cuerpo. Un legado que, con el tiempo, permanecerá inmutable, haciendo, de su presencia, única riqueza a transportar a lo largo de la existencia.

Un corte, otro corte y otro, para que el obrero no olvide su condición, reflejada en su única herencia: colección de señales en exposición.

La cuchilla de corte de una estribadora automática es una pieza de acero fundido con forma trapezoidal. Ejerciendo una presión en el redondo de hierro, provoca el corte. Realiza un movimiento, de arriba a abajo, de manera que el estribo cortado se deslice por la superficie metálica de la máquina, hasta caer dentro del recogedor, estratégicamente situado, o de la mano del obrero o en el suelo.

Aunque actualmente las máquinas vienen provistas de una estructura metálica de protección que queda instalada entre la cuchilla y la cara del obrero, para prevenir posibles accidentes ante un mal funcionamiento de la autómata; la Alba era una vieja reliquia desprovista de cualquier mecanismo de seguridad o avance tecnológico.
Su cuchilla, además, hacía el corte de fuera a dentro, por lo que la presión ejercida sobre el hierro hacía que éste rebotase en la máquina y saliese disparado en cualquier dirección.

El día que un estribo se estrelló en su nariz e intentó, en vano, parar la sangre, pensando que provenía de los orificios nasales y no del tabique; acabó a carcajadas con Gonzalo en la oficina, mientras éste le ponía puntos adhesivos de sutura. Cuando, horas más tarde, aquél suturaba el lóbulo de su oreja derecha, alcanzado por otro estribo volador; ninguno de los dos reía. Con un dejo de preocupación en la voz, inquirió:

- ¿Estás bien?

- Sí -contestó ella, con tal seguridad que aquello significó el final de la conversación-.

Aprendió a ver venir los estribos y a esquivarlos. Desde aquel día, ninguna otra cicatriz vendría a decorar su cara.

2 comentarios:

Billy MacGregor dijo...

Oh mierda, sangre.
Es increible, que hoy por hoy, te hagan una entrevista y te hagan hacer uno y otro test y, te regalen un librito de seguridad en el trabajo, con un montón de "ordenes", que si esto se coge así, que si lo otro no se debe hacer, y bla bla. Y cuando llegas a sitio donde vas a trabajar, ves como reina la ley de "Aquí se trabaja así". Así es haciéndolo todo al revés de como dice el puto librito. Burocracia supongo, de mierda, el librito ese.
A ti, qué te voy a contar.

Beso.

Paul dijo...

Eva:

Por partes:

1.- Lo peor de aprender a verlas venir es que antes nos hicieron daño.

Claro que, a veces, uno lo recuerda hasta con cariño.

2.- Como a Mac, la sangre me pone escatológico, sobre todo si la que veo es la mía. La verdad es que estoy cansado de ver accidentes, a la par de charlas inútiles sobre como prevenirlos.

3.- Tus relatos "made in", todos, sin excepciones, me están engatusando...sobre todo cuando pueden leerse y sacar otros significantes a los significados.

4.- Eva...me gusta el nombre.

A currarrrrrrr.....