martes 20 de enero de 2009

£20

Todas las veces que te soñé, venías oliendo al aroma que desprenden los actores en las películas. Aún así, no dejé de soñarte por eso sino porque en tu lugar se instaló lo mundano como prioridad.

Esa manía que tenemos los seres vivos de permanecer así, vivos. Me refiero tanto a nosotros, omnívoros depredadores dispuestos a tragarnos lo que sea –aunque eso suponga comerse a otros de la misma especie-, como a los virus, que son los únicos con el valor suficiente como para seguir tragándonos.
Hay un buen grupo de virus que parece traer de cabeza a un grupúsculo de humanos. A mí los que me traen de cabeza son estos últimos.

Me tiene harta esa incesante necesidad que tenemos de constatar nuestro poder sobre cualquier cosa que se mueva.
Nuestro calzado colecciona muerte porque, como Atilas, allá por donde pasamos y pisamos ya no crece la hierba ni la esperanza ni la vida.

Si pudiera haber elegido, me habría quedado en el estado bucólico, soñándote sin aromas ni sonidos, dejando que mi memoria machacada confundiera los recuerdos con los sueños para que tu existencia rozara, por una vez, la perfección.

Pero es invierno y han subido el gas, el transporte, las tasas con las que el gobierno financia a los bancos para que sigan prestándonos el dinero que nos mantendrá endeudados.
Es una broma de mal gusto: el poco dinero que tengo se lo queda el gobierno. Después, éste se lo da a los bancos para que estos me lo presten a mí, que no tengo dinero.

Pinté un bigote a la reina de mi último billete de 20: “Si vuelves algún día, te lo afeito”.
He salido del banco con un puñado de ellos –que debo, que no sé cómo pagaré-. Ahora, lo que realmente me preocupa es encontrar una hojilla de afeitar bigotes en billetes de 20 libras. Una promesa es una promesa y yo soy una mujer de palabra.

La verdadera broma de mal gusto es el dinero. Por donde él pasa no crece la vida. Si Atila viviese en este mundo que nos queda, se suicidaría o se moriría de miedo.

Yo daría esta reina con bigotes –aunque la deba- por volver a soñarte de nuevo, ajena a esta mierda que es la vida de ahora. Porque, en lugar de aquel cine, aquel bucólico momento, sólo tengo este estercolero.

jueves 8 de enero de 2009

El sonido de sus pisadas

El sonido de sus pisadas dibujaba el sendero. Piedras graves, charlatanas, lo caminaban en procesión, arrastrando su delirio sobre el viejo pergamino. Con el dedo, imaginaba los árboles aprendidos, las distancias, y en su lengua se gastaban las primeras monedas, en forma de ron.
El sonido se acercaba hasta mezclarse con el blanco de la pared esponjosa. Se metía bajo las sábanas y las elevaba en preguntas. Seguía arrastrando su huella vacía por el sueño sepia y el hilillo de baba viajaba de su boca a los trazos, formando ríos donde se confundía el aliento de barra solitaria y cotidiana que tanto echaba de menos.
Su dedo alcanzó la otra orilla, pertrechado para la expedición. Los últimos pasos los había aprovechado para soltar el lastre y el río de baba lo conducía corriente abajo. En el borde del papel, suspendido un segundo, el lastre se hacía miedo y se despegaba lentamente: cataratas de miseria. El dedo arrastraba toda su esperanza por el borde sepia y llegaba a la “X” bajo el árbol, junto al montículo de piedra.

Se reían de él -ante tanta inocencia- el falso espejo de plástico, la puerta acolchada y persistente, la ausencia que ocupaba el lugar de las ventanas.
El sonido de sus pisadas se quedó pegado al sepia, mientras el enfermero lo pasaba de la cama a la silla de ruedas. Tocaba patio, paseo, hora y media de sol, cielo de cebolla escarchada, pérdida de tiempo vital. En el último segundo, la hoja sepia se quedó pegada a la yema de su dedo. Se había meado otra vez en la cama y reía con un crujir esperpéntico de marchitas carcajadas. No tendría que limpiarlo, nunca lo limpiaba. Tocaba sol, luz cálida, para alumbrar el camino hacia sus piernas, olvidado hacía siglos tras sus retinas quemadas.

Había un tesoro aguardándolo y sabía que, para encontrarlo, sólo necesitaba aquel pergamino sepia (despeinado por su dedo en el intento de guardar en la memoria hendiduras y fallas, minúsculas señales resultantes de cientos de miles de anteriores pasadas) y sus piernas, en algún sitio enterradas. Sabía que, entonces, lograría encontrarlo, aún sin sus ojos.