lunes 29 de junio de 2009

¡Hagan sus apuestas!



Pepe y Juan eran la pareja de obreros más famosa del taller. Eran los únicos que trabajaban bajo techo, en la nave donde estaban las máquinas, hasta entonces, más grandes de la empresa: el carro de corte y el robot de doblado. Ambas, de unos 14 metros de longitud, dispuestas en línea, una después de la otra. Aquello era el corazón, no sólo del taller, sino de la empresa al completo. De allí salía la mayor parte del hierro que luego se enviaba a las obras para convertirse en cimentaciones, zapatas, muros, vigas, pilares, techos de nervios, etc.

Juan y Pepe eran una singular pareja a medio camino entre la bestialidad animal y la listeza de los ignorantes: reventaban sus cuerpos por dinero y, antes de compartir un ápice de la gallina de los huevos de oro, la mataban cien veces.

Protagonizaban el 90% de las protestas matutinas y vespertinas, con una suerte de gritos bien surtida, en la oficina de Gonzalo, cuya puerta, por aquel entonces, daba directa a la zona del taller donde trabajaban los amarradores; y el 99% de los gritos del taller en general, ya fuera para insultarse mutuamente, ya para insultar al resto.

Solían tener un tercero en la nave, como peón, con el que procedían cual esclavos que esgrimen el látigo para fustigar a sus semejantes, siguiendo las órdenes del amo. Dicho peón, que solía cobrar un sueldo mísero, estipulado de antemano, para realizar una labor propia de una bestia, duraba lo mínimo; fuera porque renegaba de tal puesto o porque ellos renegaban de él.

Pepe y Juan, en cambio, trabajaban por kilos: ganaban según los kilos de hierro que salían de la nave cada mes. Por supuesto, aún cuando sus sueldos, muy por encima de los del resto del taller, podían superar los 6000 euros algunos meses, jamás estaban contentos.

Pepe era su vecino y fue así que le tocó ir y venir con él por un tiempo que fue, para ella, excesivamente largo.

Al término del primer día, lo supo:

- Están haciendo apuestas en el taller a ver cuánto duras. La mayoría dice que no durarás una semana. Algunos dijeron que no dudarías hasta la hora del desayuno de hoy. Esos ya perdieron el dinero. Yo soy el único que apuesta por ti.

Supo que mentía y que la idea de las apuestas había sido suya. Lo conocía lo suficiente como para estar segura de eso.

En realidad, Juan, el dueño, había sido el único que había apostado por ella, porque eso significaba apostar por él.

Ninguno de ellos sabía hasta qué punto su necesidad la empujaba a seguir, aún cuando ni ella misma habría apostado a su favor. Con el tiempo, hasta el último empleado comprobaría que estaba equivocado.

Mientras se bajaba del coche, aquella tarde del largo primer día, contestó:

- Si es así, Pepe, vas a ganar mucho dinero.

miércoles 24 de junio de 2009

Casi Guapo.

(Estribadora automática Cyclop)

Se llamaba Eduardo o Sergio o Raúl o Luis o Esteban… Qué más da. Casi Guapo era el típico desgraciado que se pretendía imprescindible. Pronto descubriría su craso error. Trabajaba en la más nueva de las máquinas estribadoras automáticas: la Beta.

Si en algo estaban de acuerdo obreros y jefes, era en la opinión al respecto de su persona: insoportable.

Ante cualquiera de sus superiores en la escala laboral, se arrastraba con la cualidad de las babosas. No bien se encontrara con un compañero, lejos de la mirada de sus superiores, remplazaba el rastro de babas por escupitajos de suficiencia.

Se jactaba de su amplio conocimiento al respecto de la máquina y actuaba como si estuviera a otro nivel, al respecto de sus compañeros: porque la mayoría sólo trabajaba con tenazas o dobladoras manuales o porque sus colegas de máquinas, lo hacían con trastos viejos.

Con toda su capacidad y superioridad, deshabilitó los dispositivos de seguridad de los rodillos de arrastre de la Beta y, un día cualquiera, aquellos arrastraron hierro y la primera falange de su tercer metacarpo de la mano derecha. Mientras lo llevaban a la mutua, otro compañero recuperaba los restos machacados de su dedo corazón, con una mezcla de asco, sorpresa y oculta sensación de satisfacción.

Al contrario de lo que muchos pensaron, no regresó vencido o arrepentido, por tal hecho, a su puesto de trabajo, sino que empezó a vender el acto como "lo que era capaz de entregar a la empresa".

Aquel infeliz, que sufría de exceso de alta estima y suficiencia, fue el encargado de someterla a la prueba del primer día: Gonzalo no estaba dispuesto a vender fácilmente su claro descontento al respecto de la decisión de Juan.

Lo primero que ella vio fue aquella falange ausente:

- Esto es lo que te puede pasar aquí. ¿De verdad estás dispuesta a perder los dedos? No queda nada bien en una mujer.

Ella no respondió, sin embargo pensaba: ¿Quedar bien en una mujer? Es una putada perder un dedo. El sexo es lo de menos.

La llevó a la Alba, el trasto más viejo de la empresa, la primera máquina que Juan adquiriera, y que venía con el lote de material de la empresa anterior a la suya que allí había.

Casi Guapo programó un estribo y le dijo, mostrándolo:

- Éste es el botón de emergencia. Pero no se aprieta, a menos que suceda una catástrofe. Las máquinas no se paran nunca -luego añadió con absurdo orgullo, mostrando su mano nuevamente- Yo no lo apreté. Cuando la máquina acabe, búscame.

Ahí terminaba la formación para trabajar en una máquina especializada en arrastrar, doblar y cortar hierro, hasta 12 milímetros de diámetro, y extremidades.

Superada la primera prueba, Casi Guapo la llevó a la terrorífica Cyclop, especializada en mellar, salvo contadas excepciones, la moral del operario, en menos de 10 minutos o 100 estribos de 15 por 15 centímetros. Repitiendo las mismas consignas de formación, Casi Guapo programó 2500 estribos de 15 por 15 centímetros, puso la máquina a la máxima velocidad y desapareció.

Aunque, en las próximas dos horas, ella pensó que moriría en aquel infierno de locura, ruido, velocidad y hierro, de agotamiento o de un infarto; Casi Guapo encontró, a su vuelta, 2500 estribos dispuestos en hilera en el suelo. Incapaz de disimular su asombro, fue en busca de Gonzalo. El cambio en la sonrisa de éste, de burla a satisfacción, fue la primera victoria de ella.

Dos horas más tarde, esta vez de la mano de Gerardo, Gonzalo comprobaba que ella había estado programando la Alba y haciendo estribos, sin que nadie le hubiera explicado cómo hacerlo. La intensidad de su mirada, con un dejo de respeto, fue la segunda victoria de ella, aquella mañana infernal.

Una semana más tarde, la ausente primera falange de Casi Guapo, fue vista por última vez por aquellos lares.

No se podía empezar peor: desmoronando las creencias de casi 200 hombres. Aquello fue el comienzo de la verdadera guerra y, por primera vez, nació entre los obreros un sentimiento de simpatía hacia Casi Guapo.

domingo 21 de junio de 2009

Ferralla.




La palabra ferralla no está en el diccionario. No es un buen comienzo para el obrero, que no exista definición de la palabra que describe el lugar donde, día tras día, se deja la piel.
Sin embargo, sí existe un hueco en el diccionario para la palabra que pretende definir su profesión: ferrallista.
Operario encargado de doblar y colocar convenientemente la varilla o el redondo de hierro para formar el esqueleto de una obra de hormigón armado.
Si un ferrallista leyese esta definición, el estruendo de su carcajada sería capaz de hacer temblar la cimentación, por buena que fuera, de cualquier edificio, no importa su tamaño.
Pero un ferrallista, por lo general, no sólo no lee esta definición del diccionario, sino que, además, se llama a sí mismo ferralla. Para él, ferralla es el lugar donde trabaja, su profesión y el resultado de su esfuerzo.

El ferralla no dobla el redondo de hierro -por suerte para él-, a no ser que dicho hierro sea de pequeño diámetro, 4, 5, 6, 8, 10 ó 12 milímetros, y que tal desgaste sea absolutamente puntual y necesario. Lo que sí hace, es manejar la maquinaria por medio de la cual se dobla el redondo de hierro.
Aunque puede ser capaz de muchas cosas que, a ojos de cualquiera, podrían calificarse como verdaderas locuras; el ferralla no dedica su energía a doblar redondos de 16, 20, 25 o 32 milímetros. Admite que se le defina como loco, pero no como idiota o estúpido.

El equipo de protección individual (E.P.I.), por aquellos años, era reducido: un par de guantes, un par de botas.

Guantes marca Hycron Ansell Edmond, talla 10, puesto que la empresa no se hacía cargo de que las manos destinadas a llevarlos fueran más grandes o más pequeñas. (Había dos opciones -como en todo-, aprender a trabajar con ellos o comprarse la talla deseada). La marca no era un dato sin importancia; muy al contrario, era la más efectiva en la combinación necesaria: durabilidad - protección - manejabilidad.

Botas marca Garmaryga. Esta vez, por suerte, de la talla que necesitara el obrero. La marca, otra vez crucial. Años de sufrir distintas marcas que destrozaban los pies del obrero o no los protegían con la efectividad requerida (léase pérdida de dedos o pérdida parcial de los pies, en accidentes) llevó a que la empresa se topara con la diosa Garmaryga.
Que nadie se confunda: lo que enterneció el corazón de la empresa no fueron unos obreros con un pie o dedos de menos; tan sólo facturas menos abultadas de la mutua laboral, un menor número de trabajadores con bajas por accidente, cobrando en casa y sin producir riquezas para la empresa y una reducción del número de accidentes de trabajo y, por consiguiente, de las multas gubernamentales.

Calzar unas botas con piel especial anticorte, anticorrosión, resistentes a hidrocarburos y aceites, con suelas antideslizantes, antiestáticas, antiperforación, puntera de hierro, plantilla de acero inoxidable y control de la absorción de energía en el talón; no sólo no da sensación alguna de seguridad, sino que hace que surja la pregunta sin dilación:

- ¿Pero dónde coño me he metido?

Con eso y con todo, el obrero se calza sus botas, se pone sus guantes y se mete -hasta el fondo- en el agujero que le manden, por el tiempo que le digan. Que ¿por qué? Porque sólo hay dos opciones: joderse pasando por el aro o estar jodido.

Las profesiones no se eligen, aún cuando muchos -muchísimos- crean que sí, que hay quienes eligen sus profesiones. Dejémoslo claro: trabajar no es una elección que hace el ser humano en un momento concreto de su vida. Es una imposición que se estampa, como un cuño, a la existencia. Y está tan bien grabada en la piel que se mira mal al que tenga el valor de no dejarse imponer. De multitud de formas se expresa la envidia.

Vivir es un delito sin perdón que tiene el trabajo como condena. No existe posibilidad de apelar al indulto o a la cadena perpetua porque a todos se nos aplicará, al final, la pena capital.

sábado 20 de junio de 2009

Gonzalo.



Gonzalo es el James Dean de la empresa, aunque su pelo sea negro. Los vaqueros azules, la camiseta blanca de manga corta, el sempiterno cigarrillo en los labios, la chupa de cuero.
Por una buena causa, dejó de ser rebelde y es así que sigue viviendo. Es un hombre de palabra, de esos que ya no quedan, y, en exceso, honesto. El ejemplo perfecto de aquel que estará "eternamente agradecido". Contrajo una deuda con Juan -que estuvo cerca en el momento justo e hizo lo correcto- y nunca ha dejado de pagarla.

Para él, lo primero son sus cuatro hijos y su mujer; por eso se deja la vida en la oficina del taller. Casi siempre, es uno de los primeros en llegar y de los últimos en irse. Pero, cuando ocurre que alguien, que no sea Juan, ha llegado antes que él o permanece allí cuando él se marcha; siempre tiene a mano una risa burlona y algún comentario jocoso para hacer que el otro sienta aún más rabia. Porque Gonzalo sabe muy bien cómo ser un genuino toca pelotas.

La palabra de Juan es, esté o no enteramente de acuerdo con ella, la última palabra. Aunque no deja nunca de tener su propia opinión al respecto de todo, la reserva para sí e impone las órdenes recibidas, aquellas que él mismo acata.

Generalmente, le toca lidiar con los clientes descontentos que aparecen por el taller a protestar por los errores de los obreros. Tengan o no razón, Gonzalo jamás da el brazo a torcer por ellos porque, para él, "su gente" es lo primero. Rompe una lanza a favor de los trabajadores y encuentra siempre la excusa adecuada para hacer entender a los clientes que las cosas no son, exactamente, como ellos las plantean. Cuando estos dejan el taller, convencidos o calmados por el argumento de Gonzalo; éste, a golpe de teléfono, si el trabajador está en alguna obra, o saliendo al taller, busca al causante del descalabro y le pide que lo acompañe a la oficina. Ningún empleado quiere verse, en ese momento, en el pellejo del sujeto en cuestión. Aunque nadie tiene muy claro de lo que se habla en la oficina -a no ser el interpelado, que, generalmente, se abstiene de comentarios- todo el que pasa por ella, bajo esas circunstancias, la abandona cabizbajo.

Nadie le tiene miedo, pero, hasta el último trabajador le profesa respeto. Muy rara vez, puede vérsele, tenazas en mano, pegado a las burras, amarrando con el resto. Con sólo observarlo un momento, se tiene el convencimiento de que se está ante un oficial de primera, ferralla. Junto con Juan, es uno de los mejores ferrallas que pueda haber en la isla.

Aún cuando sabe de su posición de poder, es un caballero. No hay nada que Gonzalo no pida por favor y nunca olvida dar las gracias.

Dentro de las pocas cosas que tenía claras, el error de contratar a una mujer para desempeñar el trabajo de un ferrallista, era una de ellas. Por eso, aquella mañana de viernes, cuando supo que Juan había dado trabajo a la hermana de Gerardo, su rebeldía afloró en forma de sonrisa irónica y burlona, mientras sentenciaba con palabras:

- ¿Que Juan te dijo que pegas el lunes? Pues el lunes aquí a las 6:45 de la mañana.

Gonzalo era el encargado general, pero Juan era la piedra angular y se limitó a acatar la orden.

El lunes, a las 6:45 de la mañana, con los brazos taladrados a los costados, en un intento frustrado por disimular el terror que la invadía en forma de alocado temblor; allí estaba ella, esperando a la voz de mando que, repentinamente, había dejado de ser el amigo de fiestas de Gerardo, para convertirse en encargado.

Gonzalo es un James Dean vivo, sin carnet de conducir, capaz de transportar a cualquiera, con sus gestos, a la velocidad del viento. Pero el viento, a las 6:45 de la mañana de un lunes, es incapaz de alcanzar la velocidad de Gonzalo

jueves 18 de junio de 2009

Juan.



Juan es un lobo sin disfraz, aunque alguna vez vista con chaqueta de piel. Gesto extremadamente serio, ademanes secos, bruscos, justos. Su triángulo mortal lo forman el tabaco, el móvil y la agenda. A fuerza de combinar los tres elementos, a medida que camina, su cabeza está ligeramente ladeada hacia la derecha, porque, mientras fuma -con el cigarrillo sostenido en los labios-, escribe con una mano y sostiene la agenda con la otra; mantiene una conversación eterna, con su móvil entre el hombro y la oreja, derechos.
Harto de ser explotado por otros, montó su pequeño imperio. Él lo entiende como triunfar y, simplemente, se convirtió en explotador.
Si bien es cierto que, como cualquier lobo, Juan tiene corazón; éste sólo late favorablemente si el resultado es incremento de su cuenta bancaria. Jamás, si el resultado le sustrae una partícula de su economía.
Así, Juan puede parar a un trabajador que le "robe" o haya amenazado su integridad física, tenazas en mano; y volverlo a contratar nuevamente, pasado un tiempo. Lo mismo, si alguno se va de la empresa despotricando y vuelve con el rabo entre las piernas.
Por eso, muchos piensan que tiene corazón, en lugar de admitir que lo que tiene es visión para los negocios. Averigua el punto flaco de los demás e inicia el certero ataque.
En su mesa, siempre a mano, la tramposa. Así han bautizado sus empleados a la calculadora de la que se sirve para derrumbar sus protestas. La tramposa siempre muestra que el trabajador "sale ganando", si no se queja. Porque, en su margen de riesgo y pérdida, Juan pone un pequeño porcentaje en el bolsillo de sus trabajadores. Esa nimia cantidad le asegura la victoria a la tramposa.

Aún cuando su imperio es producto de una sociedad entre Juan y un viejo amigo de la época en la que, como explotados, reparaban invernaderos, tenazas en mano; todo el mundo sabe que él es el rey y, su socio, sólo un vasallo.
Así construye Juan su mundo, aquello que antes fuera un sueño y ahora es el infierno del que tiene las llaves. Él dicta y sus adláteres imponen.
No se libra de pagar un alto precio por la posición que ocupa: Juan no duerme. No consigue hacerlo, desde hace demasiados años, ya. Alguna noche consigue, con suerte, dos horas seguidas. Pero la suerte no se siente cómoda en el infierno de Juan.

Aunque quisiera que fuera de otra forma, tiene una empresa cimentada en una mano de obra que consume -en un porcentaje superior al 90%- alguno o varios tipos de drogas, legalizadas o ilegalizadas. Para no quedarse solo, evita controles médicos dirigidos a desenmascarar este aspecto. Pero a todo trabajador se le aclara, tarde o temprano y de una u otra forma, que se le negará indemnización, en caso de accidente grave, por medio de los resultados de una analítica.
Siendo éste el método de prevención de riesgos laborales más efectivo; rara vez, los trabajadores se accidentan. Y, si ocurre un accidente, en la mayoría de los casos, los implicados pertenecen al escaso 10% de los no consumidores.

Juan no tiene tiempo: no acepta currículum vítae ni se dedica a entrevistas. Con un apretón de manos, nada más conocer al trabajador, es capaz de saber si está ante un ferrallista: el callo que dejan años de manejar unas tenazas es inconfundible. Ningún CV es capaz de disimularlo o fingirlo.
Su visión empresarial está a años luz de distancia de la del resto de empresarios del sector. Él sabe que una ferralla de mujeres multiplicará sus ganancias: los estudios al respecto de la efectividad de la mujer en el campo laboral, lo demuestran. Sabe que, para lograrlo, necesita hacer una inversión importante. Pero está convencido de que esa cantidad de dinero volverá con creces.
Por eso, aquella mañana de viernes cualquiera, cuando su mejor camionero-gruísta apareció en el taller con su hermana, en el MAN, decidió que era el momento de empezar. Se ahorró el apretón de manos: de sobra sabía que no había callos que evaluar.
Después de mandar a la mierda a uno de sus trabajadores, por el móvil, a gritos -debido a la estridencia de la maquinaria del taller-, se dirigió a ella.

- ¿Te gusta lo que ves? -e inmediatamente, dirigió su mirada hacia una de las estribadoras automáticas que habían captado la atención de ella, desde hacía rato, para ayudar, con el gesto, a que entendiese el motivo de su pregunta. Después, volvió a mirarla-.

- No lo sé -contestó ella, intentando simular tranquilidad y disimular la incomodidad que la embargaba- aún no he observado lo suficiente.

- ¿Cuánto tiempo necesitas observar para contestar a mi pregunta?

- Dos minutos -dijo, sin lograr disimular su estupefacción-.

Juan miró su reloj y se concentró en el trabajador -que permanecía inmutable en todo momento-. Pasados dos minutos exactos, preguntó:

- ¿Te gusta lo que ves?

Esta vez, ella sonrió al contestar.

- Sí, me gusta.

- Si quieres trabajar con una de ellas, el lunes a las 7 de la mañana, aquí. Habla con Gonzalo, está en la oficina, y que te dé trabajo.

Dicho lo cual y, sin esperar algún tipo de respuesta, se alejó, móvil en ristre, rápidamente.

Juan es un lobo y, como tal, amamanta una camada de Rómulos y Remos. Éstos lo consideran un dios, hasta el punto de que, en la mañana, el saludo oficial es "Buenos días, me cago en dios" y, al final del día, "Hasta mañana, si Juan quiere".

lunes 15 de junio de 2009

Gerardo.



Gerardo es un currante. Si pudiera decidir entre quedarse en la cama, enredado en el cuerpo de su mujer, o levantarse para trabajar, elegiría lo primero, está claro. Pero, en vez de eso, la elección es entre luchar y reventar por mantener a su familia y lo que ha construido o perderlo. Ahí no hay dudas.

Construyó su casa él mismo: desde los cimientos hasta los embellecedores de los enchufes. Pero, como no contaba con dinero suficiente, tuvo que someter su sueño a los bancos. Se convirtió en un esclavo con un sueño a 25 años lejos de ser realidad.

Los embates de la vida, aderezados con altas dosis de ignorancia y desconocimiento, le han enseñado que, si quiere conseguir algo, su camisa debe ensuciarse y empaparse de sudor.

La única fórmula eficaz de no volverse loco, por la presión que transportan sus hombros, es fumar petas. Aunque su padre lo mataría a golpes por ello, -si encontrara fuerzas para eso, el viejo- irónicamente, lo aprendió de él. El viejo se ahogaba en alcohol para soportar la carga de la vida que le había tocado. Ahora, continúa ahogándose, por costumbre y por la dependencia que tal hecho le generó. La diferencia es que, Gerardo, no descarga sobre las espaldas de sus dos hijas la frustración de los malos días; antes, se arrancaría los brazos a mordiscos.

Cuando era un niño, jugaba con un pequeño camión-grúa con plancha. En su imaginación, construía palacios que jamás imaginó habitar. Después, durante muchos años, aquel juego infantil fue su medio de vida -y de muerte-. Dejó de ser fascinante y divertido, pero él acabó por convertirse en uno de los mejores gruístas de la isla. La última empresa que lo esclavizó, le puso en las manos un MAN de paquete que cuidaba como hiciera con sus juguetes: con cariño y orgullo. Como si aquel camión, en vez de ser la celda de su condena de haber nacido en una sociedad que premia la realización de los sueños con una bola y una cadena, en forma de hipoteca; fuera aún un juguete infantil.

Entre porro y porro -en un intento por saberse dueño de algunos de sus actos- alguna vez caía una raya de coca.
Una tarde cualquiera, mientras compartía el acto libertador del consumo de cocaína con su hermana y un amigo común; el desempleo de ella fue el objetivo a rumiar. (Ya había ocurrido que, compartiendo el mismo ágape -servido sobre espejo y cortado por cuchilla de afeitar- con el encargado de la empresa para la que trabajaba, intentara encontrar un hueco laboral en la oficina, para ella. Pero aquél le aseguraba -y no mentía- que no había hueco).

- Olvida de una puta vez tu título, tu formación, tu profesión y tu mierda y busca trabajo en lo que sea. Vente a currar como ferralla donde yo estoy.

Las carcajadas de ella le confirmaron que no lo tomaba en serio y que, además, no tenía valor para admitir su fracaso profesional y lo jodido de su situación.

- A ti lo que te pasa es que tienes miedo. Apuesto lo que sea a que no tienes lo que hay que tener para hacer ese curro. Si no, ya me estarías comiendo la oreja para que te llevara a ver al dueño.

Al día siguiente, bajo el pretexto de necesitar a alguien de confianza que le señalizara el difícil acceso a una obra en la que la plancha de doce metros, hasta los topes de hierro, tenía que hacer un largo trecho marcha atrás; logró que su hermana, en el asiento del copiloto del MAN, entrara, por primera vez, en el taller de una empresa de ferralla.

Con los años, ella aprendería algo, al respecto de su persona, que él ya sabía entonces: a creer en su capacidad, aún sin posibilidades.

jueves 11 de junio de 2009

Mingo.




Mingo era un tipo risueño y positivo. Le costaba no reírse de todo, hasta de lo que le hacía gracia. Siempre le había resultado fácil encontrar el lado bueno de lo que pasaba. Hacía un par de años, se partía de risa pensando en que, a partir de aquel día, era doblemente positivo: por optimista y por ser portador del virus del sida.

Así se lo dijeron, y luego empezaron a comerle la cabeza con el rollo de los tratamientos: que te alargan la vida un montón de años, que esto ya es como ser diabético, que si dieta sana y deporte y seguro que, al final, te mueres de otra cosa y no de una enfermedad asociada al sida.
El pijo aquel se había aprendido tan bien la puta lección que era incapaz de mirar a quién tenía delante.
Luego le quiso explicar cómo había podido ser.

- Me importa una mierda tío, corta el rollo.

Él no pensaba en esas cosas cuando le pasaban la jeringa para meterse el pico o cuando la colega le pagaba la dosis con un polvo sin condón, porque no había hecho suficiente en la calle ese día. Hacía un hueco para ella en los dos metros cuadrados del chabolo de uralita y listo.

Pero, eso sí, sin antecedentes penales, sin haber pasado una sola noche en un cuartelillo. Era un maestro de la supervivencia y sabía a quién, cómo y qué robar. Tomates, tunos, pepinos, naranjas; lo que fuera para conseguir la papela y hacer un poco de Robin Hood repartiendo con los viejos, que también dormían en el barranco y le echaban un ojo a su cuartucho de planchas de uralita.

Mingo nunca se había ido del barrio del todo, y nunca se iría. Un día le contaron, unos del gremio, lo de la asociación aquella donde le echaban una mano a uno en lo que podían, y allí se presentó una mañana, fresco, aún en la fase de ayuno cotidiano.
Aunque el tipo con bigote le pareció un gilipollas, nada más verlo; la tía gorda y risueña no le cayó del todo mal. El día que la vio garabatear lo de UDVP y se enteró de lo que era, casi se muere, pero no por culpa del sida o del caballo, sino por el ataque de risa.

- ¿Usuario de drogas por vía parenteral? Yonqui tía, yoncarra, y déjate de historias.

Aunque ella no tenía ni puta idea de la vida, a él le gustaba su sonrisa. Por eso la miraba como a una persona y no como a un puto título.

Ella le confesó un día que fumaba porros, de esa manera en la que los trabajadores sociales disfrazan la realidad para hacer que la jodida verdad suene menos jodida: "consumidora de cannabis". Cuando le dijo que, por eso, entendía un poco cómo se podía sentir con el mono, "síndrome de abstinencia", Mingo decidió contarle una verdad:

- Mira tía, fumar porros es, para un yonqui, tan normal como beber agua. Hasta que no te metas por la nariz la primera raya de coca, no la segunda ni la tercera, la primera, no entenderás qué hace que una droga te enganche. No entenderás que fumar porros es un puto juego de niños.

Todas las mañanas, se colocaba en la oreja una tira de hachís para ir a verla. Se la daba de regalo. Tomaban café, comían un poco, charlaban de esto y de lo otro, y se perdía cuando aparecía el capullo del bigote.

El día que ella le dijo que se iba, le pidió el teléfono. Cuando se lo dio, encantada y risueña, le quedó claro que no duraría mucho en el negocio de salvar al mundo.

Mientras tuvo fuerzas para seguir, sin haber probado el tratamiento, la llamó alguna vez. En la última conversación, ella le dijo que estaba sin curro y que se había hartado de intentar encontrar uno como trabajadora social, que iba a empezar en la constru, aunque no tenía nada claro cómo iba a resultar todo aquello. Aquel día, Mingo decidió que era el momento de despedirse de ella:

- Eres una puntal. No dejes que te engañen otra vez con eso de salvar al mundo. El mundo no quiere que lo salven, sólo quiere que lo dejen en paz de una puta vez. Voy a palmarla pronto tía, pero a gusto. Es un puntazo saber que alguien te recuerda.

Las últimas palabras que ella le dijo, le dejaron una sonrisa que le duraría hasta el momento mismo de ser metido en un nicho para el olvido:

- La primera raya de coca, no la segunda ni la tercera, la primera, me enseñó todo lo que no aprendí en la carrera: la única razón por la que no se debe consumir drogas es que son jodidamente buenas. Y lo bueno siempre engancha. Gracias Mingo. Por siempre, gracias.

En aquel entierro, además de un pequeño grupo de putas y yonquis, había una tía gorda y risueña que, antes de desaparecer del barrio para siempre, se acercó al ataúd de Mingo y dijo:

- Gracias, maestro.

miércoles 10 de junio de 2009

Los villanos.




Todo eso de los héroes está muy bien para la galería. Suena lindo ¿eh?
¿Saben lo que pienso? Que tal cual está escrito, con toda su carga de pseudo-filosofía barata, no vale el espacio que ocupa en el cibermundo. (No debería dejarla colaborar demasiado. Le sale la vena sentimentaloide). No es mentira, lo aclaro, pero no es el reflejo, ni por asomo, de toda la verdad y, para verdades a medias, algo peligrosamente cercano a las completas mentiras; silencio.

De los que realmente aprendió y aprende es de los villanos. Los ficticios, primero, los de carne y hueso con bastante poco de humanidad, después.

Ella sabe que hay dos tipos de villanos. Esos que todos conocen y describen comúnmente como lobos con piel de cordero y esos otros, que muestran sus llamativas vestimentas de malos malísimos como mecanismos de defensa ante el juicio fácil e infundado, la incomprensión absoluta de las honradas personas de bien, la ausencia total de empatía, la montaña de prejuicios.

De los primeros, aprendió, principalmente, cómo no quería actuar, qué cosas no quería hacer, cuánto quería evitar. Aprendió, en propia piel, cuán ciertas fueron y son las palabras de Abraham Lincoln: casi cada hombre puede superar la adversidad, pero si quieres comprobar el carácter de un hombre, dale poder.

De los segundos, aprendió casi todo lo que sabe y cuánto ignora. En aquellas miradas, abrazadas a la muerte y sin hálito alguno de esperanza, encontró la mancha de la lucha constante por la supervivencia; no sólo ante la adversidad, sino, más importante, contra cualquier manifestación de poder. Porque el poder, cualquiera que sea la forma en la que se manifieste, persigue anular al individuo y establecer efectivos mecanismos de control de la masa, del gran grupo que forman todos aquellos cuyo grito, eficazmente extinguido, ha sido borrado a base de las interferencias que crean el desaliento y la ausencia total de oportunidad. Y esto es algo que ella sabe bien…

Descubrió que no sólo somos nosotros y nuestras circunstancias (aunque eso, por sí solo, ya basta para cercenar el futuro de tantos), sino también, nuestras consecuencias.

Estos villanos desmontaron, con insólita rapidez, todas sus estructuras de pensamiento, hasta que fue capaz de entender y aceptar la más hermosa de las verdades: no sólo no somos iguales ni conseguiremos serlo jamás, sino que, gracias por ello.

Como ya dejé claro en el momento de mi presentación, a esta tía no hay quien la entienda. Los villanos de este segundo grupo, esos y no otros, son los verdaderos protagonistas de esta historieta. Y que nadie ose llamarlos héroes… no soportan tal bajeza.

martes 9 de junio de 2009

Los héroes.




No sé si han tenido héroes de esos que se convierten en un modelo a seguir: alguien con quien compararse para, casi siempre, encontrar las múltiples diferencias que les separan. Ella los tuvo. Su infancia estuvo plagada de ellos. Empezaron por ser únicamente ficticios, producto de la imaginación de otra persona ajena a ella y a su historia, pero después adoptó la poco inteligente costumbre de convertir en héroes a algunos seres humanos que iba conociendo en persona o por algún otro medio. Sin saberlo -sin siquiera imaginarlo- esas personas, que seguramente acumularían tantos defectos como virtudes, perdían su humanidad ante sus ojos y pasaban a ser héroes, rozando así el plano de la ficción.
Con los años, esos héroes de carne y hueso fueron más comunes en su vida, aumentaron en número, y los ficticios quedaron relegados al plano de lo menos interesante, hasta desaparecer por completo. Después, casi sin darse cuenta, la palabra héroe también quedó atrás.

Actualmente, considera una buena señal de madurez y crecimiento personal el hecho de no tener héroes a los que venerar, mitos a los que adorar, ídolos ante los que postrarse. Toda esa farándula de invenciones no era más que un cúmulo de razones –que decidió válidas en su momento- por las que la simple y llana existencia podía convertirse en un eterno intento frustrado de pretender ser lo que no era ni lograría ser. Sus creencias en seres superiores, cuya vida y esfuerzo se resumía en ser los salvadores de los débiles o los redentores de tantos errores provocados por la debilidad humana, la alejaban por completo de su condición de ser humano y de la posibilidad invaluable de reconocer la humanidad de sus semejantes.

Los héroes –incansables salvadores- le impedían entender que no existe tal necesidad de salvación, que no hay tal debilidad humana. Era precisamente la creencia irracional e incondicional en ese tipo de figuras fantásticas, la causa primordial del nacimiento de dicha necesidad. Hasta que no supo de la existencia de los supuestos héroes, no creció en ella el deseo y la necesidad de ser salvada por ellos. Le resultó tan sencillo necesitarlos como enumerar multitud de situaciones teóricas –o prácticas- en las que su presencia se convertía en la única solución viable, en la única salida. Con el paso del tiempo, la vida fue devolviéndole poco a poco a su estado primitivo, ése que va precedido en todo caso del uso de la lógica. Errar y caer, primero, asumir las consecuencias de tales errores y caídas, después, y levantarse y seguir avanzando en su camino vital, a pesar de todo ello; fue devolviéndole la certeza de que los héroes, cualquiera que sea la forma en la que son expuestos, no son más que el producto de la imaginación de una o varias personas, cualesquiera que sean los beneficios que, de tal invención, esperen.
De esa manera, logró ir deshaciendo la intrincada maraña de sus múltiples fantasías infantiles al respecto de la heroicidad y descubrió una ingente cantidad de espacio mental que pudo, finalmente, dedicar a la que sería una de sus mayores pasiones: aprender, fuera cual fuere la disciplina, el objeto; fuera quien fuere la persona de la que aprendía. Los huecos, anteriormente plagados de héroes y heroicidades, fueron siendo ocupados por seres humanos y su enorme carga de humanidad.
Observar detenida e interesadamente la forma de proceder de cuantos seres humanos ha ido conociendo a lo largo de su vida, no sólo le ha aportado un gran aprendizaje sino, también, y quizá esto sea aún más importante, la certeza total de que poseemos –desarrollada o no- una intensa fuerza vital, suficiente como para no necesitar ser salvados por terceros; básicamente, porque no existe ninguna razón, acto o hecho, que provoque una condena tal de nuestra humanidad que requiera de salvación alguna.

Ella cree que transportamos en nuestra mente –reflejándolo o no en nuestros actos, pensamientos y palabras- todo lo necesario para provocarnos, y provocar en los demás, cualquier tipo de placer y dolor. Nuestra mente contiene la capacidad –desarrollada o no- de hacernos felices o desgraciados y de hacer felices o desgraciados a los demás. Piensa que, cómo decidimos presentarnos y desenvolvernos, ante nosotros mismos y el resto, condiciona nuestra forma de vernos y nuestra manera de ser, (de la misma manera que lo hará al respecto de la forma en la que los otros nos ven y entienden que es nuestra forma de ser), así como nuestro grado de felicidad e infelicidad al respecto de nuestras vidas.

El aprendizaje –inevitablemente continuo- y su propia evolución vital, le han enseñado que, si opta por desarrollar una vida desgraciada, ésa, y no otra, será la vida que obtendrá: ningún ser heroico logrará jamás salvarla de su propia elección vital, de su acto condenatorio.

Algunos de sus semejantes continúan sorprendiéndola y ocupando puestos de honor en su atención, pero ya como seres humanos, cercanos, lo que los hace aún más valiosos. Grandes personas con las que la vida la ha cruzado y cruza, que le muestran el valor de las cosas sencillas: las verdaderamente importantes. Muchas de esas personas ya no están a su lado. La muerte o la vida hicieron que se despidiesen, pero lo aprendido en su compañía es la herencia, de su parte, que posee, el tesoro que les debe.

Ésta es la historia de algunas de esas personas.

Una advertencia: si lo que esperan es un montón de aventuras heroicas o hazañas memorables dignas de ser impresas en las páginas de la Evolución Humana y la Historia del Ser Humano, han llegado al lugar equivocado. Abandonen prestos la lectura y ocúpense en menesteres más satisfactorios, antes de que sea demasiado tarde.

Seres humanos, ataviados con un gran conjunto de virtudes y errores. Parece ser que eso es lo que ella entiende, verdaderamente, como definición de existencia.

lunes 8 de junio de 2009

Ella.


Ella es toda fractura, pero ni una pizca de fragilidad.
Tienen que entender por qué, para que no se atrevan a juzgarla aún.

Por suerte, su infancia se rompió cuando todavía no sabía el significado de esa palabra, y logró seguir viva.

Fue el último error de una familia de cuatro hijos, y la única niña. Gracias al inestimable esfuerzo de sus padres, construyó un paraguas de existencia especial para la lluvia de gritos, insultos y golpes; consecuencia de excesivas cantidades de basca de vivir, frustración, impotencia, explotación laboral, degeneración personal y alcohol.

Se refugió en los libros. Aquellos especializados en mentir y unos pocos, tristemente escasos, creados desde la verdad. Ilusa, pensó y decidió que tenía que estudiar hasta el final, para lograr el indulto de aquella condena familiar.
Mientras los pocos libros ciertos se encargaban de aumentar las dudas, las preguntas vacías de esperanza y la ignorancia; los muchos libros falsos la avocaron al fracaso de la consecución, con honores, de su diplomatura universitaria. Ya era trabajadora social.
Aunque nunca acabó de creérselo, un día le entregaron el título que la capacitaba para adueñarse de la miseria ajena, para manipularla a su antojo, y vivir, gracias a ella.

Para las cosas importantes, siempre necesitó un mínimo de dos intentos. Eso hizo que tuviera que irse dos veces de aquella cárcel familiar. En la segunda ocasión, se obligó a prometerse que jamás volvería, pasase lo que pasase, y aún mantiene la promesa.

Ella es todo error y únicamente al pensarse de esta manera, acierta.

domingo 7 de junio de 2009

Me presento.

Quizá no les diga mucho mi nombre y mi apellido, (cosa que me toca los cojones, porque la fama es un trabajo de todos, no sólo del que se prostituye para conseguirla).

Paso a presentarme formalmente: soy un impresentable.

Me dedico a vivir del cuento de los demás y a desaparecerlos del mapa si no tienen qué contar.

El otro día me dijo un tipo que todo hombre lleva dentro de sí una mujer, y fue ahí que se me encendió la bombilla, (además del hecho de que el colega me dio cinco libras para recargar la llave de la electricidad), y decidí cambiar el curso de las cosas y jugar al juego del viceversa.

Antes, parasitaba los cuerpos a fuerza de entrar por los poros. Era un trabajo muy agotador, no era lo mío, lo admito. Pero ahora, con esto de la incorpórea cibernética, he descubierto que, tomando forma de virus, todo es más sencillo, menos cansado.

Decidí que me metería dentro de toda mujer que tuviera algo que contar y, por eso de la educación exagerada (hipocresía, que llamo yo), no se hubiera atrevido.

Así que he llegado a este sitio, he limpiado de impurezas sus bites y me dispongo a sacar todo lo que me resulte digno de ser contado.

Ella era una mujer. Ahora, para mi suerte y su desgracia, sus terminaciones nerviosas obedecen a mi sobrada capacidad de hijoputismo y, aunque no quiera, sus secretos más tiernos se quedan en el olvido y sus incontables correrías se quedarán en este blog. Así, nos divertimos todos.

Les invito a esta historia. El que se la pierda es gilipollas. El que no, allá él (o ella), porque aquí cada cual decide cómo perder el tiempo.

Sólo una cosa está garantizada: la verdad, desde mi punto de vista. Ése que nadie comparte.


Lo anterior a este momento, es sólo culpa de ella. He dejado alguna muestra, lo que me pareció salvable, porque, con el tiempo, podrá llegar a entenderse (con el tiempo y con mucha suerte, porque a esta tía tampoco hay quien la entienda). Vamos, que tampoco hace falta que vayan para atrás, de eso ya se encarga el mundo. Lo bueno empieza ahora.

Ella era una mujer. Ahora, está jodida.

No creo.

Me decía el otro día un amigo: “Tu problema es que no crees en nada.” A lo que le contesté: “No creo que eso sea un problema.” Casi al límite de la indignación, me gritó: “¿Lo ves?”.

La cuestión está ahí: No lo veo. Mira que te mira y no lo acabo de ver. De vez en cuando, me pongo las gafas, para ver si su claridad me ilumina. Acto seguido, recuerdo que olvidé limpiarlas. Como no creo que eso sea una buena excusa, resuelvo intentar aclararlas con la camisa vieja, la más sucia.

Es ahí donde, harta de intentar reconciliar mi multiplicidad, destruyo lo que intenté construir -queriendo evitar que me destruya- y empiezo a buscar huecos sobre el borrón, algún espacio libre con el que antes no contaba, para continuar con este presidio que, sin dudas, es basca de existir.

Mi amigo tiene tanta razón que es incapaz de aprender a asimilarla y digerirla. No creo en nada. He invertido demasiado tiempo en fallarme. Se acabó el mal hábito.

Como no merezco el indulto, me condeno a la vida.