
Pepe y Juan eran la pareja de obreros más famosa del taller. Eran los únicos que trabajaban bajo techo, en la nave donde estaban las máquinas, hasta entonces, más grandes de la empresa: el carro de corte y el robot de doblado. Ambas, de unos 14 metros de longitud, dispuestas en línea, una después de la otra. Aquello era el corazón, no sólo del taller, sino de la empresa al completo. De allí salía la mayor parte del hierro que luego se enviaba a las obras para convertirse en cimentaciones, zapatas, muros, vigas, pilares, techos de nervios, etc.
Juan y Pepe eran una singular pareja a medio camino entre la bestialidad animal y la listeza de los ignorantes: reventaban sus cuerpos por dinero y, antes de compartir un ápice de la gallina de los huevos de oro, la mataban cien veces.
Protagonizaban el 90% de las protestas matutinas y vespertinas, con una suerte de gritos bien surtida, en la oficina de Gonzalo, cuya puerta, por aquel entonces, daba directa a la zona del taller donde trabajaban los amarradores; y el 99% de los gritos del taller en general, ya fuera para insultarse mutuamente, ya para insultar al resto.
Solían tener un tercero en la nave, como peón, con el que procedían cual esclavos que esgrimen el látigo para fustigar a sus semejantes, siguiendo las órdenes del amo. Dicho peón, que solía cobrar un sueldo mísero, estipulado de antemano, para realizar una labor propia de una bestia, duraba lo mínimo; fuera porque renegaba de tal puesto o porque ellos renegaban de él.
Pepe y Juan, en cambio, trabajaban por kilos: ganaban según los kilos de hierro que salían de la nave cada mes. Por supuesto, aún cuando sus sueldos, muy por encima de los del resto del taller, podían superar los 6000 euros algunos meses, jamás estaban contentos.
Pepe era su vecino y fue así que le tocó ir y venir con él por un tiempo que fue, para ella, excesivamente largo.
Al término del primer día, lo supo:
- Están haciendo apuestas en el taller a ver cuánto duras. La mayoría dice que no durarás una semana. Algunos dijeron que no dudarías hasta la hora del desayuno de hoy. Esos ya perdieron el dinero. Yo soy el único que apuesta por ti.
Supo que mentía y que la idea de las apuestas había sido suya. Lo conocía lo suficiente como para estar segura de eso.
En realidad, Juan, el dueño, había sido el único que había apostado por ella, porque eso significaba apostar por él.
Ninguno de ellos sabía hasta qué punto su necesidad la empujaba a seguir, aún cuando ni ella misma habría apostado a su favor. Con el tiempo, hasta el último empleado comprobaría que estaba equivocado.
Mientras se bajaba del coche, aquella tarde del largo primer día, contestó:
- Si es así, Pepe, vas a ganar mucho dinero.








