(Botas - Vincent VanGogh)Marcos era en exceso tímido. Para disimular su estatura, caminaba mirando al suelo, como si pretendiera encajar la barbilla en algún hueco del cuello. Arrastraba los pies y, con ellos, lo que parecía toda una pesada existencia, aún siendo delgado.
Su problema era un frenillo -el de la lengua- demasiado desarrollado, lo que le impedía hablar con soltura; sumado al hecho de que gangueaba. Comunicarse con él pasaba, inevitablemente, por la capacidad para aprender un nuevo lenguaje, el suyo, que distaba bastante del español. Si se le forzaba a hablar o se hacía burla de su dificultad, además, tartamudeaba, como resultado de una larga vida de impotencia comunicativa.
Cuando le preguntaban el nombre, contestaba:
Aacos. Así fue como Cristo acabó rebautizándolo Acos. Que él adoptara ese nombre pasó más por el hecho de su imposibilidad de pronunciar el propio, que por el de estar de acuerdo con el nuevo. Pero, como ocurría siempre que el hijo de dios bautizaba, acabó por presentarse de esa manera, lo que significó, en su caso, quitar una "a" de su nombre oficial.
Acos era el operario oficial de la Cyclop. Odiaba tanto aquella máquina como el hecho de que se la hubieran endilgado, pero esa queja la esgrimía sólo ante sus iguales, nunca, ante Gonzalo, menos, más arriba. La infernal Cyclop se encontraba en el último rincón del taller, dispuesto en forma de L. Así, saberse en el averno y entender lo imposible que era desembarazarse de él, eran uno.
Cristo era el único que solía visitar a Acos, varias veces al día; no sólo para asegurarse de que seguía vivo y pateando endiabladamente la máquina, sino porque aquel rincón era el lugar excepcional para manufacturar y disfrutar el porro.
Acos llevaba las botas de seguridad, aún las nuevas, con la puntera de acero siempre asomando. Y la Cyclop, en el centro justo de su parte inferior, es decir, en línea recta con la cuchilla de corte, una abolladura de una superficie de medio metro, que hundía el metal más de 10 centímetros. Patear la máquina era la única forma en la que descargaba la rabia de no poder controlar el resultado de su trabajo. Quizá, si hubiese dedicado algo más de tiempo, tras cada cambio de redondo o tras cada vez que una bobina se acababa y había que poner otra, en enderezar el hierro, jugando con la posición de los rodillos de arrastre; la puntera de sus botas habría tardado más en asomar. Pero Acos era un ser impaciente e incapaz de no serlo.
Llegado el viernes, Gonzalo se acercó a preguntarle si vendría a trabajar el sábado y, con gestos excesivos y una gran sonrisa, dejó claro que lo haría. Trabajar un sábado era dinero extra, en metálico. 60€ por menos de 6 horas de trabajo, en un ambiente, dentro de lo que cabía, distendido. Después, se extrañó de que también se lo preguntase a la tía aquella que sólo llevaba allí cinco días.
Aquella semana, el sábado duró 7 horas. Encima, había que ir a la oficina de Juan a cobrar, cuando lo normal era que pagara Gonzalo. Tuvo que subir con la tía, aunque hubiera preferido hacerlo solo para que no se diera cuenta de lo nervioso que se ponía cuando tenía que ir a ver a Juan.
- ¿Ya terminaron Marcos? -rugió Juan, como si su intención fuera derribar las paredes, mientras tiraba los 60€ de cada uno en la mesa.
Fue incapaz de responder, ni siquiera, con un sonido gutural. Con los ojos clavados en el suelo y las manos entrelazadas, para evitar que evidenciaran su estado, imposible de disimular; se mantuvo en silencio.
- Sí, decidimos que estaba bien darle a la empresa una hora más de nuestro tiempo vital, por el mismo dinero. Por supuesto que contamos con que la empresa se preocupase pensando que, quizá, nos habíamos marchado, sin querer cobrar por nuestro trabajo, hace más de una hora. Nos incomodó un poco el mal gesto de no haber sido puntuales a la hora de finalizar, tal y como lo fuimos a la hora de empezar; pero más nos incomodaba dejar el trabajo a medias, cuando lo que realmente nos ha traído hoy aquí es el amor por dicha labor y el agradecimiento que sentimos hacia este lugar. No volverá a pasar y te pedimos que perdones nuestra falta de respeto al horario de suelta.
La boca de Acos se abría hasta el punto de que la mandíbula parecía querer desencajársele:
"¡Esta tía está como una puta cabra! ¿A que Juan la para? ¿Por qué coño no cierra la boca? ¡Cállate, gilipollas, que me vas a meter en un follón, que se va a creer Juan que yo estoy de acuerdo contigo!". Juan, sin embargo, no dejaba de observarla, con mirada penetrante, como queriendo leer toda la letra pequeña que había depositada entre las líneas de su respuesta.
No bien hubo ella terminado, Juan abrió la caja y sacó 30€ más para cada uno. Acos tardó más en tener los billetes en sus manos que en desaparecer, escaleras abajo.
"¡Ostia! 30€ más por una hora de trabajo. Me largo, antes de que se arrepienta." Mientras ella se levantaba para salir, Juan le dijo, sin dejar de mirarla:
- En esta empresa no se regala nada ni se espera ningún regalo. El trabajo bien hecho se paga, siempre. Porque un trabajo bien hecho que no se paga puede significar la pérdida de un buen trabajador- para él, su orgullo tenía más valor que su empresa.