martes 21 de julio de 2009

Jueves, 5 de la tarde.



El jueves a las 5 de la tarde, ya no caminaba. Las botas de seguridad parecían haber convertido el polvo de hierro que las cubría, en toneladas. Un tropel de razones y excusas, para justificar aquel calvario laboral, se amontonaban en su dolorida espalda, como si le hubiera crecido una joroba de lamentos.

Durante el día, la mayoría de los obreros reía, mientras ella reprimía gritos.

- ¿Cómo coño puede alguien reír aquí? -preguntó a los chicos, mientras comían, antes de comenzar el turno de tarde-.

- Porque están drogados o borrachos o no piensan -sentenció Cristo, con un convencimiento fuera de toda duda, mientras Acos asentía, mostrando su acuerdo-.

- Pero, ¿cómo consiguen trabajar así?

- ¿Qué cómo lo consiguen? Mírate. Mucho pensar y sin drogas ni alcohol. ¿Acaso no es bastante que esta mierda te esté reventando, como para que tú la ayudes? ¿Tienes otro sitio al que ir? Porque, si no lo tienes, es bueno que vayas aprendiendo a sobrevivir en la ferralla y que te rías de todos estos hijos de puta -replicó Cristo, acompañando sus palabras con un gesto que abarcaba todo el taller, incluidos Acos y él-.

- Allá donde fueres, haz lo que vieres…

- Sí, bueno, eso o búscate la vida, que la muerte viene sola.

- Cristo… pásame ese puto porro -dijo ella, alargando el brazo-.

- ¡Ja, ja, ja! ¿Lo ves Acos? ¡Te lo dije! ¡De aquí no la saca ni dios, loco!


No dejó de pensar, ni tras aquel porro ni tras ningún otro; siquiera un minuto de todas las horas que allí pasó. La realidad siempre fue protagonista pero, al menos, el efecto analgésico funcionó. Después de aquel primer porro, ante la máquina, con una sonrisa idiota, pensó: Que me echen lo que sea.

Aquellas 76 horas y el abultado sueldo que resultó de ellas, le hicieron comprender que había pasado de ser una profesional del Trabajo Social, especializada en drogodependencias, (con el hábito ocasional de fumar porros, como su gran secreto); a ser una especialista drogodependiente, profesional del Fumar Porros, (con el hábito ocasional de ser trabajadora social, como su gran secreto).

miércoles 15 de julio de 2009

76 horas.


- ¿Y tú qué crees?

- Cristo, hace 5 días que ya no estoy seguro de lo que creo. Tu viejo dice que los 3 y punto -dijo Gonzalo-.

- ¿Y ella qué dice?

- Que si estoy loco o qué. Que no sabe si podrá aguantar. Que es sólo su segunda semana. Bla, bla, bla y que puedo estar seguro de que lo intentará.

Cristo sonrió y dijo, acompañando con un gesto de complicidad sus palabras:

- Vale. Entonces, cuenta con ello. Esta semana, Acos, ella y yo hacemos el curro del nuevo cliente, de 5 de la tarde a 9 de la noche. Eso, contando con que empezamos a las 7 de la mañana, hace un total de 70 horas, más las 6 del sábado, 76 horas esta semana. Espero, Gonzalo, que este mes veamos dinero… Los tres.

- Ésa es mi parte. Venga, a sacar hierro.

- Se dijo.

***

Eran las 5.30 de la tarde del lunes. Reinaba el silencio en el taller. Habían decidido merendar, antes de comenzar el segundo turno. Después de la comida y la pequeña charla, para organizar el trabajo, Cristo se hizo un porro. Fumó un poco y se lo ofreció a Acos, con la sonrisa de quien sabe de antemano la respuesta. Éste, rechazándolo de pleno, refunfuñó:

- Yo paso, Cristo.

Entonces, se lo ofreció a ella, diciendo:

- Los días van a ser largos esta semana. Tienes dos opciones: competir con Acos, a ver quién patea más la máquina, o conmigo, a ver quién lo pasa lo mejor posible.

- Acos no fuma. Creo que sobreviviré.

- Yo soy un cabeza hueca, mija -dijo Acos, golpeándose la cabeza con los nudillos- nací drogao.

- Tiene sus ventajas, créeme. -dijo ella, mientras rechazaba, con un gesto, el porro-.

- Pues, a currar se dijo. Cada media hora, nos acercamos a charlar. No hace falta parar la máquina por eso -sentenció Cristo, levantándose, mientras devolvía el porro a sus labios-.

A las 8 de la tarde, derrotada por un cansancio insólito para un lunes, recogía estribos de la máquina e intentaba hacer balance. Había pasado una semana. 8 días, en realidad, y ya sentía el tópico de parecieran 8 años. Pasar de un despacho, (excelentemente instruida en la importancia de su papel profesional para la sociedad), donde el accidente diario más grave podía ser un corte de papel, a un lugar donde podía perder la vida, en un accidente, le hacía sentir el peso de la condena laboral del universitario: permanecer encadenado al ejercicio profesional es la prisión que libera.
¡Pero prisión, al fin y al cabo! ¿Acaso no es, una prisión, una forma de perder la vida?
Lo real es que cualquier excarcelado profesional, acabará condenado a la esclavitud de su cuerpo y a la libertad de su pensamiento. ¡Qué maravillosa idea, en el fondo!

Cierto era que su cuerpo le pertenecía cada vez menos. Pero descubrió que, al compás del sonido constante de la máquina, podía trabajar y pensar al mismo tiempo: su mente volvía a pertenecerle.

jueves 9 de julio de 2009

Marcos.

(Botas - Vincent VanGogh)

Marcos era en exceso tímido. Para disimular su estatura, caminaba mirando al suelo, como si pretendiera encajar la barbilla en algún hueco del cuello. Arrastraba los pies y, con ellos, lo que parecía toda una pesada existencia, aún siendo delgado.

Su problema era un frenillo -el de la lengua- demasiado desarrollado, lo que le impedía hablar con soltura; sumado al hecho de que gangueaba. Comunicarse con él pasaba, inevitablemente, por la capacidad para aprender un nuevo lenguaje, el suyo, que distaba bastante del español. Si se le forzaba a hablar o se hacía burla de su dificultad, además, tartamudeaba, como resultado de una larga vida de impotencia comunicativa.

Cuando le preguntaban el nombre, contestaba: Aacos. Así fue como Cristo acabó rebautizándolo Acos. Que él adoptara ese nombre pasó más por el hecho de su imposibilidad de pronunciar el propio, que por el de estar de acuerdo con el nuevo. Pero, como ocurría siempre que el hijo de dios bautizaba, acabó por presentarse de esa manera, lo que significó, en su caso, quitar una "a" de su nombre oficial.

Acos era el operario oficial de la Cyclop. Odiaba tanto aquella máquina como el hecho de que se la hubieran endilgado, pero esa queja la esgrimía sólo ante sus iguales, nunca, ante Gonzalo, menos, más arriba. La infernal Cyclop se encontraba en el último rincón del taller, dispuesto en forma de L. Así, saberse en el averno y entender lo imposible que era desembarazarse de él, eran uno.

Cristo era el único que solía visitar a Acos, varias veces al día; no sólo para asegurarse de que seguía vivo y pateando endiabladamente la máquina, sino porque aquel rincón era el lugar excepcional para manufacturar y disfrutar el porro.

Acos llevaba las botas de seguridad, aún las nuevas, con la puntera de acero siempre asomando. Y la Cyclop, en el centro justo de su parte inferior, es decir, en línea recta con la cuchilla de corte, una abolladura de una superficie de medio metro, que hundía el metal más de 10 centímetros. Patear la máquina era la única forma en la que descargaba la rabia de no poder controlar el resultado de su trabajo. Quizá, si hubiese dedicado algo más de tiempo, tras cada cambio de redondo o tras cada vez que una bobina se acababa y había que poner otra, en enderezar el hierro, jugando con la posición de los rodillos de arrastre; la puntera de sus botas habría tardado más en asomar. Pero Acos era un ser impaciente e incapaz de no serlo.

Llegado el viernes, Gonzalo se acercó a preguntarle si vendría a trabajar el sábado y, con gestos excesivos y una gran sonrisa, dejó claro que lo haría. Trabajar un sábado era dinero extra, en metálico. 60€ por menos de 6 horas de trabajo, en un ambiente, dentro de lo que cabía, distendido. Después, se extrañó de que también se lo preguntase a la tía aquella que sólo llevaba allí cinco días.

Aquella semana, el sábado duró 7 horas. Encima, había que ir a la oficina de Juan a cobrar, cuando lo normal era que pagara Gonzalo. Tuvo que subir con la tía, aunque hubiera preferido hacerlo solo para que no se diera cuenta de lo nervioso que se ponía cuando tenía que ir a ver a Juan.

- ¿Ya terminaron Marcos? -rugió Juan, como si su intención fuera derribar las paredes, mientras tiraba los 60€ de cada uno en la mesa.

Fue incapaz de responder, ni siquiera, con un sonido gutural. Con los ojos clavados en el suelo y las manos entrelazadas, para evitar que evidenciaran su estado, imposible de disimular; se mantuvo en silencio.

- Sí, decidimos que estaba bien darle a la empresa una hora más de nuestro tiempo vital, por el mismo dinero. Por supuesto que contamos con que la empresa se preocupase pensando que, quizá, nos habíamos marchado, sin querer cobrar por nuestro trabajo, hace más de una hora. Nos incomodó un poco el mal gesto de no haber sido puntuales a la hora de finalizar, tal y como lo fuimos a la hora de empezar; pero más nos incomodaba dejar el trabajo a medias, cuando lo que realmente nos ha traído hoy aquí es el amor por dicha labor y el agradecimiento que sentimos hacia este lugar. No volverá a pasar y te pedimos que perdones nuestra falta de respeto al horario de suelta.

La boca de Acos se abría hasta el punto de que la mandíbula parecía querer desencajársele: "¡Esta tía está como una puta cabra! ¿A que Juan la para? ¿Por qué coño no cierra la boca? ¡Cállate, gilipollas, que me vas a meter en un follón, que se va a creer Juan que yo estoy de acuerdo contigo!".
Juan, sin embargo, no dejaba de observarla, con mirada penetrante, como queriendo leer toda la letra pequeña que había depositada entre las líneas de su respuesta.

No bien hubo ella terminado, Juan abrió la caja y sacó 30€ más para cada uno. Acos tardó más en tener los billetes en sus manos que en desaparecer, escaleras abajo. "¡Ostia! 30€ más por una hora de trabajo. Me largo, antes de que se arrepienta." Mientras ella se levantaba para salir, Juan le dijo, sin dejar de mirarla:

- En esta empresa no se regala nada ni se espera ningún regalo. El trabajo bien hecho se paga, siempre. Porque un trabajo bien hecho que no se paga puede significar la pérdida de un buen trabajador- para él, su orgullo tenía más valor que su empresa.

lunes 6 de julio de 2009

Cristo.


Cristo era el hijo de dios, de Juan. Su madre contaba cómo el cura se había negado a ponerle el nombre que ella quería, Christian, porque no era cristiano. Lo bautizó como Cristo Jesús y Juan bromeaba diciendo que se trataba del nombre perfecto para su hijo: un anticristo.
Mientras sus padres se enredaban en discusiones tan simples como ésta, él siempre lo tuvo claro:

- Viviré de mis padres hasta que pueda vivir de mis hijos.

Cuando los obreros le echaban en cara que él podía hacer lo que quisiese porque era el hijo del jefe, él se defendía diciendo que era el más pringado del taller. A este respecto, todos tenían razón.

Se sentía explotado por su padre. Le cabreaba que no lo tuviera en un puesto mejor. Detrás de la endeble excusa de que tenía que estar en las mismas condiciones que Iván -el hijo de Furo, el socio de Juan- para evitar innecesarios conflictos de intereses, yacía la estrategia simple del viejo: conocer el negocio desde abajo, permite prevenir el engaño. (Porque, el que engaña siempre espera ser engañado). Pero él era incapaz de verlo.

Conocía el funcionamiento de todas las máquinas del taller. Por aquellos días, estaba en la zona de amarradores pero, como hijo de dios, su ocupación principal era pasar la mayor parte del tiempo haciendo que trabajaba u ocupado en la manufactura del porro, como solía describirlo. Decía que algún día acabaría en Marruecos, montaría una fábrica de porros prefabricados, daría trabajo a un montón de gente y llevaría felicidad a otro montón.

- La marihuana es el futuro y el mundo es el ombligo.

Estaba lleno de máximas que repetía sin cesar, siempre, en el momento adecuado.

- Búscate la vida, que la muerte viene sola.

Otra de sus aficiones era cambiar el nombre a todo el mundo. Tal era su carisma que, muchos, acababan adoptando el nuevo nombre.

Empezó a aparecer por la zona de las estribadoras desde el primer día. Se habían conocido una semana antes en casa de Gerardo, donde él se había fumado, en un par de horas, un trozo de hachís que a ella le podía haber durado un mes. Con la excusa de ese encuentro previo, el camino hasta la conversación estaba despejado.

Se convirtió en el verdadero formador, al respecto de las máquinas. Tenía un estilo muy particular, en cuatro pasos:

1.- Aprender el correcto, seguro manejo y mantenimiento de la máquina.
2.- Conseguir la mayor efectividad con el menor esfuerzo. Eso lo reforzaba con una de sus máximas:

- Este cuerpo lo quiero pa' follar no pa' destrozarlo trabajando.

3.- Trabajar obviando la seguridad, haciendo lo contrario a lo que se debe, ahora que ya se sabe cómo responde la máquina.
4.- Aprender a romper la máquina. Invaluable paso, eficaz para los días de agotamiento o, simplemente, para reírse de los eruditos que, como moscas, revolotean intentando encontrar el fallo, mientras éste descansa en el bolsillo del pantalón, en forma de pieza minúscula.

Pero el mayor valor estaría en la enseñanza que más tiempo le llevaría transmitirle: elimina el miedo, no desoigas a tu locura: es tu mejor aliada. De tu parte, es tu arma.

Poco a poco, fue deslizando su proyecto de independizarse y vivir por su cuenta. Cuando le dijo que sería una buena idea que compartieran el piso; ella hacía mucho que esperaba esa propuesta -más, hacía que pensaba en buscar compañero de piso, como solución a su precaria situación económica-. Sabía, además, que aquello sería algo más que compartir un piso, pero su cama era lo suficientemente grande y no le pareció mala idea el tener un poco de diversión. Aún así, dejó que él lo intentara durante un mes, hasta aceptar la propuesta.

El día que, en el que había sido el salón de su casa, vio a su jefe con los pies descalzos sobre la alfombra, tomando café y bromeando; entendió que todo aquello conduciría al país de ni de coña te metas en este follón. Pero el sexo con Cristo, la noche anterior, había sido espléndido y decidió vivir algún tiempo, como emigrante, en tan jodido país.

domingo 5 de julio de 2009

La primera herida, la primera cicatriz.


Lo que duele, la primera vez, no es la herida; es ver el tajo profundo, la carne blanca tan viva y limpia, bajo la piel, que no parece la propia. Ese río silente que se pierde y ya no será de nadie. Saber que, para sobrevivir, no basta sólo con dejarse el pellejo en sentido figurado: hay que dejárselo en el más estricto sentido de la expresión.

Tras la belleza del rojo, la costumbre de la visión cotidiana de dicho color. Cuando sobreviene el dolor, directamente proporcional al tajo, al golpe del hierro contra la piel y los huesos, y a la falta de alternativas del obrero; se sigue adelante.

La primera cicatriz es la señal del amargo triunfo de la realidad sobre el mundo de sueños del ser al que habita. La consecuencia inevitable del proceso que lo degenera, convirtiéndolo en un no-ser que quisiera haber podido ser otra cosa. Se erige reina del cuerpo. Un legado que, con el tiempo, permanecerá inmutable, haciendo, de su presencia, única riqueza a transportar a lo largo de la existencia.

Un corte, otro corte y otro, para que el obrero no olvide su condición, reflejada en su única herencia: colección de señales en exposición.

La cuchilla de corte de una estribadora automática es una pieza de acero fundido con forma trapezoidal. Ejerciendo una presión en el redondo de hierro, provoca el corte. Realiza un movimiento, de arriba a abajo, de manera que el estribo cortado se deslice por la superficie metálica de la máquina, hasta caer dentro del recogedor, estratégicamente situado, o de la mano del obrero o en el suelo.

Aunque actualmente las máquinas vienen provistas de una estructura metálica de protección que queda instalada entre la cuchilla y la cara del obrero, para prevenir posibles accidentes ante un mal funcionamiento de la autómata; la Alba era una vieja reliquia desprovista de cualquier mecanismo de seguridad o avance tecnológico.
Su cuchilla, además, hacía el corte de fuera a dentro, por lo que la presión ejercida sobre el hierro hacía que éste rebotase en la máquina y saliese disparado en cualquier dirección.

El día que un estribo se estrelló en su nariz e intentó, en vano, parar la sangre, pensando que provenía de los orificios nasales y no del tabique; acabó a carcajadas con Gonzalo en la oficina, mientras éste le ponía puntos adhesivos de sutura. Cuando, horas más tarde, aquél suturaba el lóbulo de su oreja derecha, alcanzado por otro estribo volador; ninguno de los dos reía. Con un dejo de preocupación en la voz, inquirió:

- ¿Estás bien?

- Sí -contestó ella, con tal seguridad que aquello significó el final de la conversación-.

Aprendió a ver venir los estribos y a esquivarlos. Desde aquel día, ninguna otra cicatriz vendría a decorar su cara.